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jueves, 12 de noviembre de 2015

Y entonces?




Una  mariposa te ha besado esta mañana, ¿qué harás el resto del día? 



Todas las noches

Andrzej Tylkowski
Salís al jardín; como siempre tu mirada se trepa hasta el cielo y tu pensamiento dibuja un "uá". No un "wow". No. Eso no porque no te da para ningún otro gesto ni aunque se genere en tu pensamiento. Las estrellas de las ocho y media, con la luna a un costado. Y todo-todo el cielo junto. Siempre estás con la tentación de quedarte afuera e incluso escribir en la oscuridad pero no podrías luego traducir ese garabato escrito a ciegas con tu ánimo extasiado debajo de esa bóveda perfecta. El esplendor de esta noche.
Por eso te pensás un ¡Uá!
Eso nada más. Y es tanta la belleza que te atrapa afuera. 
Y qué podés hacer. 
Quedarte.
Ahí.
Mirando.

El derrotero del agua


El agua, en el derrotero de su caudal, peregrina el lecho, se escurre entre piedras, traza remolinos en los que juguetea un momento, y renueva su camino de líquido andariego  baladí. Salpica el agua las piedras; moles ociosas e inermes  que aguardan impávidas cada gota, cada-una-de-ellas, que como un rocío voluptuoso  bautiza su dureza, la abrillanta como miel. 

Imagen de internet 
Las aguas corretean, saltan, resbalan,  siguen su recorrido. De vez en cuando el sol, cuando está en lo más alto, extiende uno de sus rayos poderosos, como una mano ligera  e ingrávida, un puente hecho de pura luz y unas cuantas gotas trepan; se  dejan elevar; suben.  Y entonces pueden ver cómo las piedras empequeñecen; suben más allá de las copas de los árboles y suben todavía más. Suben hasta alcanzar los cerros y a la altura en que las aves de montaña vuelan en libertad y aún a ellas las dejan atrás, y suben suben hasta más alto que las montañas, como si nunca jamás el recorrido tuviera fin. Sin embargo, allá, tan arriba como el rayo las eleva otras gotas han formado colonias.  Y esas colonias se han transmutado en níveos y húmedos copos algodonosos que coronan el cielo, como el rocío corona a las rosas en las mañanas de primavera. Las gotas ahora, en su milagroso ascenso, algo más han aprendido de la vida. Ésta transmuta, cambia su modo; transcurre allí abajo y al final cuando ya las cosas de la Tierra parecen haber quedado tan lejos se tiene más conocimiento sobre ella, más incluso que siendo parte. Y cuando llegue el momento de regresar, de generar quizás un río nuevo y trascender, las gotas se tomarán de las manos, se unirán como eslabones diáfanos y se dejarán caer más sabias; caerán mansamente o puede que con fuerza, pero caerán cantando, con el sonido que solo la lluvia sabe hacer. 

viernes, 25 de septiembre de 2015

Alas de música

Ofra Amit 



A veces todavía me sorprende el recuerdo de la circunstancia impredecible en la que tuve contacto con mi historia. La pequeña y miserable historia de mi vida. Son esos días que uno no espera ni planifica. Suceden. Nunca tiene uno planes para enterarse y saber lo que no se quiere.
Por qué querría enterarme de aquella intimidad de mi madre. Algo que ella probablemente jamás me hubiera contado.

Cuando termino de dar mis clases, y mis alumnos se toman la libertad de hacerme preguntas que de alguna manera aumentarían nuestro mutuo conocimiento y confianza, me apremia el sentimiento de detener ese avance desmedido de intimidad; de ningún modo es mi deseo repetir la historia por tercera generación. Hoy, sin embargo, me asalta una vez y otra la pregunta sobre qué mujer es verdaderamente dueña de su destino. No estaría -de alguna manera que escapa a nuestra voluntad- escrito que, en nuestra familia de mujeres, solo formáramos parte de una cadena infinita de mujeres solas que paren mujeres solas. Mujeres eslabones de mujeres, mujeres pianistas, mujeres con nuestras salas de piano, mujeres que quizás unas tras otra tuviéramos que marchar de pueblo en pueblo creando simientes sin padres y pequeñas alas de música.

Quién sabe.




ejercicio sobre la lectura de "La acompañante" de Nina Berberova (1935)

Dispersiones de un viernes


Amanda Cass 


Ha llovido ayer. Hoy no. Quizás esta noche o mañana la lluvia regrese. Alguien corta el pasto aprovechando este día otoñal gris que sirve de intervalo entre las lluvias. Hay el olor al otoño, a la tierra que permanece siempre húmeda ahora, a las hojas que se perfuman al perder turgencia y despedir esa fragancia un poco mentolada.

Se me ocurre preguntarme cómo siempre la escritura me surge a través de la naturaleza y la geografía que me rodea y me contiene más que de la historia de las personas. Por qué a pesar de quedarme viendo a la mujer que ahora cruza en bicicleta por este relato no voy detrás de su pedaleo acompasado y descubro dónde va. Ni me quedo para revelar cómo será su llegada adonde el pedaleo dejará de ser. Cuando ella llegue y se detenga frente a una tranquera pequeña y blanca; con la pintura manchada de tierra que los años han depositado allí en las hendiduras de la madera;  quizás también un poco descascarada la pintura, caída en gajos, o mejor gastada por eso de andar abriendo y cerrando todos los días. Y cerrado el portoncito, empujado por un pie, cruce la mujer caminando mientras empuja la bicicleta, la guíe hasta un porche, la apoye probablemente junto a la columna de ladrillos y el par de perros viejos la rodeen olisqueando sus zapatos y muevan la cola en señal de bienvenida, y ella llave en mano  abra la cerradura y empuje la puerta que chirriará un poco, y la mujer ponga agua en una pava que colocará al fuego de la cocina, descorrerá las cortinitas de la ventana, vaciará el mate de su yerba vieja y se siente a esperar que el agua se caliente y pondrá yerba nueva y por fin tome unos mates calientes y hogareños, esos que todo el día anduvo deseando, y se dé su fin de jornada sintiendo que es una suerte estar en casa y.


Me atrae más la naturaleza. Los cambios de la geografía que suceden con las variaciones de los climas y los días y las noches y las flores y el olor a lluvia y la primavera, el otoño y el comienzo del verano. Y me pregunto qué escribí hasta acá. Y lo sé: prácticamente nada. Como de costumbre.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Mañana quizás , por Katy Herendi


Afuera golpea el viento. Corrés las cortinas para cerrarle el paso a tanta oscuridad mirás lo que te rodea. Pocas cosas: el sillón que te empeñaste en conservar; la alfombra grande. Pensás que sí, que tiene los bordes deshilachados. No, no todos los bordes, dos; los que durante años quedaron más expuestos.Igual, a pesar de las hilachas de los bordes te gusta. Su color verde botella; lo que queda del rojo. Los detalles blancos. Al menos es una alfombra grande y tiene presencia. Hace que los pasos no retumben tanto en la casa casi vacía.
Mookio 
Los caracoles que cuelgan de las ventanas golpetean por el viento furioso. El viento, cerca de la costa del mar no tiene freno. Cuando sopla, sopla.
No te gusta.
Te da miedo este vendaval encabritado. Aunque el fuego del hogar te da todo el calor necesario lo mismo te echás la manta a cuadros sobre los hombros. Y escuchás el viento. El viento y el piano que suena en el equipo. Te asomás a la ventana, tu cara se acerca al frío del vidrio. Se dibuja tu aliento en un círculo perfecto que tu mano borra. Está helado el vidrio; y de todos modos no ves nada afuera, sólo oscuridad.
Qué pensabas, no podés controlar nada aunque mires cada centímetro que el viento corre. Correrá y luego se detendrá cuando deba detenerse. Volvés a cerrar las cortinas. Mirás a tu alrededor. Tenés todo lo que querías tener. Pocas cosas. Sobre todo querías irte lejos dijiste; que ibas a empezar una vida nueva dijiste. Que querías estar sola.
Y te das cuenta de que no sabés cómo. Que tu vida está hecha de pedacitos. Pedacitos de los sucesos que te fueron ocurriendo. Todas las abandonaste. Nada hubo que empezaras y que concluyeras. Ni arquitectura, ni diseño, ni teatro. Ni las empresas que tantas horas de proyecto te llevaron y que estaban descriptas y pensadas hasta en sus mínimos detalles; y que no pasaron de ser eso: proyectos de la nada misma. No fuiste fotógrafa, no fuiste empresaria, no aprendiste nada de lo que te propusiste alguna vez. Qué pensabas, que una mañana cálida te irías a la costa, a vivir a la costa, y que serías feliz caminando descalza entre las pequeñas olas que visitan la playa mientras las gaviotas planearían sobre tus pasos gozosas de tu existencia, y que solo, así, ¿tu destino se abriría espléndido dibujando enormes arco iris a tus tardes de lluvia?
Nunca entró el otoño en tu idea. Menos el invierno. Nunca pensaste que te sentirías sola; tan autosuficiente que eras.
Ahora un viento te desmorona. El viento que lleva y trae objetos te trajo esta soledad hasta tu puerta. Ahora que dejaste de correr te alcanzó tu vida otra vez. Ea, hola, te conozco.

Tomás un té, Apretás la taza con las manos para sentir el calor. Te recostás en el sillón a mirar el fuego y escuchás al hombre que canta con el piano. Un piano, un saxo. La voz de un hombre. Canta en inglés. No tenés idea de lo que dice. Por ahí alguna frase armás. Más o menos. Igual te pone melancólica. No exactamente melancólica sino con un ánimo de fin de fiesta. Algo así; como cuando ya se fueron todos y la música es más suave y te acompaña, las velas agonizan parpadeantes y te sentás en un sillón a tomar un último trago, sin requerimientos. El fin de la fiesta. Un momento agradable que por ahora llegó a su final. Pensás en mañana. Probablemente el viento haya calmado y el día sea radiante. Quizás frío pero limpio, luminoso. Entonces mañana sí: podés levantarte temprano y quizás algo nuevo se te ocurra. 


Katy Herendi 

#cuentos #textosbreves #mujeres #mujeresescritoras 

jueves, 17 de septiembre de 2015

De cuando Gatúbela

Dariy Tatyana
Cansada de volar alrededor de las ramas bajas del pino que no hacían más que lastimarla,  la bruja bella del bosque se enfrentó a su adversario, el príncipe espantoso de las praderas; ella levantó sin titubeos su varita mágica, y con apenas un ligero movimiento lo transformó… en  perro.
En ganso.
No, no..., ¡mejor en sapo! En uno todo verde y lleno de granos apestosos. 

Casi enseguida la madre del sapo se asomó por la puerta de la cocina y los llamó a merendar. La bruja, cada vez más hermosa, volvió a levantar  su varita,  apuntó hacia la dirección de donde  esa voz desconocida provenía y voló hacia ella sin hacerse esperar. El sapo quiso correr, volar también como la bruja, pero ésta le advirtió: qué hacés nene si vos no podés, los-sapos-no-vuelan-pibe-o-no-lo-sabés.  Entonces el sapo quedó rezagado y demoró un poco en aparecer en la cocina porque ya se sabe que para los sapos las distancias se  hacen mucho más largas que para las brujas que van a todas partes volando. Cuando por fin el sapo, todo verde y lleno de granos apestosos, logró llegar, vio que la bruja  ya estaba sentada y además había devorado una porción del bizcochuelo que la mamá cocinó para los dos, y ya empezaba con una segunda. Dale nene que empieza Batman. Y bueno qué querés si tuve que venir dando saltos. Igual tardaste poquito, la próxima te convierto en gusano.

Por suerte para los dos esa tarde Batman iba a enfrentarse a Gatúbela, así que la bruja y el sapo prestaron especial atención al desarrollo de la historia para después jugarla.

Mirá a Gatúbela. Fijate. Así, igualita, soy yo. El sapo la miró. Después volvió a mirar la pantalla. Un segundo después, con una mano se tapó la boca y con la otra, abierta sobre su estómago, empezó a revolcarse sobre la alfombra a carcajada limpia. La bruja le gritó que era un tarado y le advirtió que muy probablemente mientras durmiera lo iba a transformar en una asquerosa cucaracha. O en aguaviva. O en nada. Y  Batman terminó sin que ellos pudieran enterarse de qué pasaba al final en el  capitulo de esa tarde. La madre del sapo apareció para apagar el televisor y les dijo que se fueran a jugar al jardín otra vez. Que en un rato la mamá de Tomasa vendría a buscarla; que aprovecharan el tiempo. Y que no corrieran como desaforados sino iban a vomitar todo el bizcochuelo.

Vomitar…, pensó Tomasa, y enseguida imaginó a Andrés vomitando incontrolable por toda la casa, por las paredes impecables, manchando las cortinas de voile. La madre gritando que era un inmundo; que por qué no era como Tomasa, tan linda, que no ensucia nada y que además es tan igualita a Gatúbela. Qué. Seguro que vos ni cuenta te diste, ay, qué hijo tan pavote que tengo. Por qué no tendré una hija como Tomasa.

Gatúbela tenía por fin amarrado a Batman; y en su propia baticueva. Ella, la mejor villana: la única que había logrado descubrir sin ayuda de nadie-nadie solo de su enorme ingenio,  el refugio del batitonto, ahora además lo tenía amordazado y atado y… y ahora qué. Ahora que él estaba totalmente a su merced qué más podía hacer. Al final era más divertido ser bruja. Sin dudas era lo que mejor le salía.  Juntó algunas piedritas y se sentó en el cantero de las lavandas. Cuando todo parecía haber llegado a su fin apareció el hermano de Batman, el grandote de veintiuno. Llegó gritando como un loco que venía a rescatar a Batman y se interpuso entre los dos, cosa bastante fácil de lograr teniendo en cuenta que el batibobo estaba atado con una soga y que ella estaba sentada jugando al dinenti al otro lado del jardín. Había suficiente espacio para interponerse entre ambos.
Gatúbela, estás perdida. Ahora sí, Batman, he venido a rescatarte, amigo. Ella lo miró con una ceja levantada y volvió a tirar una piedrita al aire. Qué. ¿Sos Robín? Sí, o es que ya la malvada y bella Gatúbela no reconoce al dúo dinámico en su propia baticueva. Ah, pensó ella, entonces él sí se da cuenta de que soy igual a Gatúbela. Pero igual estaba perdida. Dejó las piedritas del dinenti a un costado; las acomodó para después, y de un salto se puso en pie y los desafió, mientras Robin le quitaba las cuerdas a Batman. ¿Perdida? Jamás. Corrió hacia el otro lado del pino.
Mejor dicho, de la baticomputadora.
De los batitubos.
Ambos paladines de la justicia la tenían acorralada, uno de cada lado. Y avanzaban amenazantes. Cuando estaba casi a punto de caer en las garras de los buenos tomó una dura decisión, correría entre ambos, y si lograba pasar por entre los dos estaría a salvo. Sin embargo, al retroceder para tomar carrera chocó contra algo que no estaba en sus planes; y que antes tampoco estaba, sea lo que fuere, en el jardín. Giró la cabeza y se encontró  con un muro muy alto, cabellos negros, ojos celestes y una voz increíble que le dijo: no tan rápido pequeña Gatúbela, aquí estoy para defenderte. Soy uno de tus gatitos malvados. Y Gatúbela, la pequeña, se enamoró por primera vez.

Para cuando la mamá de Tomasa llegó, ella ya sabía que el chico se llamaba Pedro, que tenía veintidós años, que era compañero de la facultad del hermano de Andrés, y que aunque tuviera doce años más que ella era su novio aunque él no lo supiera todavía. Que era más divertido cuando él era quien la corría, la atrapaba y la levantaba en el aire para hacerla volar de verdad. Eran Peter Pan y Campanita. Antes de irse, y cuánto le costó irse esa tarde de ahí, le preguntó si él volvería alguna vez, y él dijo que probablemente.
Cada mañana de ese verano Tomasa ya estaba lista para ir a casa de su amigo, antes de que la mamá estuviese lista para llevarla y luego correr a la oficina. Ya no más remilgos ni protestas; mejor así, pensó la mamá y prefirió reservar la pregunta del porqué, por las dudas de que eso hiciera cambiar de postura a su pequeña.
Casi todas las tardes Pedro – Peter Pan – el aliado secuaz de turno, aparecía en el momento preciso a rescatarla. Y cuando no, cuando no llegaba, Tomasa sentía que el día era una serie de minutos sin sentido, que los finales de los juegos no eran finales y que Andrés era el chico más aburrido del planeta Tierra; y de los otros planetas también. Que para qué había verano. Y que por qué no llovía,  así al menos miraban novelas como la mamá del sapo que miraba como tres.

martes, 15 de septiembre de 2015

Dale permiso al viento para que pase, por Katy Herendi

Después de haber estado sentada toda la mañana junto a la mesa del comedor, escribiendo notas acerca de las tareas que debo realizar, turnos que hay que tomar, llamados que son necesarios -en los que esperaba tomar contacto con una voz humana, pero en las que, sin embargo, solo marqué números: 1 para consultas y musiquita, 3 como siguiente opción y la misma musiquita, 4 para desesperar y no obtener respuestas, hasta que por fin una voz, verdadera, emitida por la garganta de alguien modula palabras; las piensa, las ordena y dice que debo llamar a otro número; éste ya no pertenece-, abandono la silla, estiro un poco las piernas y salgo al jardín. En la casa hace un poco de frío. El clima cambia. El otoño ya está aquí, aunque el sol todavía caliente con el entusiasmo del verano. Pero eso es afuera. Adentro de la casa el otoño se acaba de instalar. Seguramente porque las noches dejaron de ser cálidas y las paredes se enfrían.

Supongo.

Pero en el jardín se huele la inmediatez del mar. El viento suave trae el olor de toda la playa ahora solitaria. Y se mezcla con el de los eucaliptos y el pinar. Hay mucho por hacer todavía, pero es agradable sentarse al sol en el silencio de turistas. Tras el verano el ruido de los autos cesa, las calles de arena vuelven a estar limpias, y durante la noche el viento alisa y empareja los caminos igual que en la playa. Y los dibuja con pequeñas ondas marinas, blandas y frágiles oscilaciones. Este año hubo pocas gaviotas en el cielo de la temporada, ahora todas salen de algún lado y vuelan bajo; planean quietas a escasa altura de la arena; otras se quedan inmóviles como imágenes fotografiadas viendo el horizonte. Salgo del jardín, bajo a la playa; no hay distancia entre una y otra. Son solo pasos. Atravesar la cerca baja, el portón tan bajo como la cerca. En ésta época del año el jardín, la playa, es toda la misma cosa. Y mi madre ha muerto. Si yo fuese turista de esta playa elegiría ésta época para venir a descansar. A descansar. Uno puede pasarse horas sentada con la vista puesta en las olas, a la deriva, o en las espumas que se acumulan justo donde el agua las abandona y que trazan un mapa, un camino de nada. Hasta se puede escuchar cómo las espumas crujen cuando el viento las muerde. Pero la gente, en su mayoría, no busca descansar en el verano sino solamente cambiar un poco el hábitat; llevarse una piel como bronce y nunca pero nunca acallar el ruido de sus cabezas. Hay un pequeño cuaderno en blanco en la casa. Era de ella. Un cuaderno como una miniatura. Ocho por doce centímetros; por ponerle una medida aproximada. En esta época en la playa es normal reencontrarse con caras conocidas. Caras de lugareños que regresan a ocupar sus costumbres, su silencio y su paz, bolsos con mates y libros, o las cañas para ver si hay suerte con la pesca. O los muchachos con sus tablas que avanzan sobre el mar como versiones modernas de Jesús. Y también allí los pescadores. Pero aquí la historia no cambiará; no habrá ninguna revolución religiosa, solo la manifestación de ella. En paz. Bajo esta bóveda celeste y colosal. Hay solo una hoja escrita en el cuaderno. “Quedé mustia, como las plantas de hortensia, después de un día de viento norte, en enero”.

Un niño remonta su barrilete. El llamativo rombo de colores da tumbos en la arena húmeda. Después de varios intentos, de la cara tersa del pequeño que se pasea entre la ilusión, el logro y la frustración, la vocecita ruega, ¡abuelo…!, y el niño que habita en el cuerpo del anciano se incorpora de un salto, al hombre le toma unos segundos más pero lo alcanza, y con un poco de ayuda de tantas manos, el barrilete rojo, azul, naranja y violeta se eleva. Se le da más soga, el niño ríe, aplaude, grita y eso empuja al barrilete; le da fuerza y se eleva y se eleva más. Al fin, el barrilete pavonea sus flecos en lo alto con el vigor de este viento que es vida.  Que refresca, que puede dejar mustias a las flores en enero, que trae algunas promesas. Que seca lágrimas, y sigue.

Y sigue.



Katy Herendi,2015




#madre #KatyHerendi #brevestextos #pensamientos 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Ninguna duda


Catrin Welz Stein


Sobre las cinco de la tarde todavía restaban un par de horas de sol en el jardín. Se sentó en el piso  junto a una pared; encendió un cigarrillo. Con la brisa el humo se volatizaba de inmediato. Tomó el cuaderno y escribió: Mi vida es una desgracia. Después se quedó viendo las abejas sobre la hilera de lavandas. El cielo celeste insolente de pulcritud. Los árboles con sus verdes escalonados como una paleta de colores, el oleaje naranja de los bulbines prosperados.

Leyó eso que había escrito.


La ligustrina se le antojó algo tierno mullido como estaba. Una cosa fresca para morder o recostarse, si fuera posible sobre algo vertical. El viento lánguido arrastraba algún sonido perdido de autos en la ruta, algo como el sonido que se recuerda del mar, un oleaje intenso y difuso. Y los gatos pasaban de dormitar a la sombra a dormitar al sol, indecisos en la calidez de primavera de esa tarde. Pero según lo escrito su vida era una desgracia. Y así se lo recordaba, insistiendo en repetirlo hasta el cansancio. Hasta que no le quedara ni una sola duda de que  eso era verdad.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Niña de cristal

Aka Louise 

Cada día se volvía un poco más transparente. 

¿Es triste acá?  la voz de la niña era un susurro; se fundía a veces con el sonido del aire entre las ramas. O el canto perdido de pájaros que no alcanzamos  ver. Su mano se acercó a la mía extendida; esperaba sentirla carnosa y tibia como antes sería tibia; ahora no.  Ahora sostenía su mano sin sentirla; mi mano hecha un cuenco para la suya que sin reparos se acomodó dentro, y que yo no podía sentir.

Ella, tan pequeña, había enunciado aquella pregunta frente a la cabaña que yo había alquilado por el fin de semana; la cabaña con forma de L, robusta de madera añeja, construida en un claro rodeado de pinos, de casuarinas que cantaban con el viento,  de liquidámbares rojizos apenas asomado el otoño. Lejos de todo. Caminamos unos pasos sobre la hojarasca que crujía bajo mis pies; solo bajo los míos. Pensé en su pregunta. Respiré ruidosamente con el afán de que ella me imitara, como un juego, pero la niña dijo que estaría bien que yo comiera algo.  Dejé la mochila en la galería junto a la entrada a la casa, y me acerqué a los troncos adonde ella se había sentado. Cantaba. No lograba comprender qué decía y me sobresaltaba ver cómo, cuando el sol se filtraba como rayos dibujados entre las ramas y la iluminaban con un resplandor celestial, ella desaparecía.


No ignoraba que un día simplemente sucedería; iba a desaparecer. Pero mientras tanto ella jugaba, sin querer saber que había muerto, y simulaba que yo  era su madre. 

viernes, 4 de septiembre de 2015

10 - Otoñar



Ha llovido toda la noche.
Amanece el cielo cubierto y el día carga una belleza donde lo hermoso del jardín no precisa de la luz cegadora del sol. Donde aún tras lo nublado resalta el aire húmedo y casi visible; lo verde es de un verde oscuro profundo y absoluto y los marrones transforman todo en un lugar de otro tiempo. Un sitio que viene desde lejos, quizás de la infancia. Incluso hay el sonido puro; pájaros, muy de vez cuando.  El olor al agua, no solo a la tierra mojada sino también a maderas, hojas, pasto, los caminos de tierra, las zanjas, las copas de los liquidámbar; y el roble viejo.

Quizás en su último otoño el roble.

Esto es lo que tiene el otoño; entristece uno pero también se embriaga de belleza. Adormece un poco el afuera pero va encendiendo la percepción de las cosas. Queda uno observando largamente el cielo, el pasto, el proceso de una planta colocada allí, tan frágil todavía, por nuestras manos; pero la mente va de viaje por otros recuentos. Tal vez plantando dudas esta vez, o recogiendo algunas pocas certezas.

Y quizás empate uno, por primera vez a conciencia, con el entorno; siente uno que también ha comenzado a otoñar; lo percibe el cuerpo.

Y no se quiere eso.   


jueves, 3 de septiembre de 2015

7 - El hombre de California

Pensaba sobre un hombre de California. El hombre destinado a ser el músico de los grandes; aquel cuyo nombre denominaría luego algunas calles, conservatorios y bares. Esa clase de hombre de los que se jactan unos de haber conocido bastante bien;  para refrendarlo desglosan un anecdotario imposible y pretencioso; la noche en la que el hombre los llamó por teléfono para incorporarlos a su banda. Increíble llamada en medio de la noche. Podría haber estado lloviendo; casi seguro que llovía, como llueve en California,  donde todo se vuelve un poco azul porque ni siquiera esa lluvia era un agua torrencial sino algo sostenido y suave, hasta puede que cálida, y quizás pegajosa.

El hombre genio de California; el que con cada una de las notas que daría a luz horadaría la carne como pequeñas gotas de ácido, haría saltar lágrimas de los tímpanos, estrujaría los huesos hasta volverlos cartilaginosos. Todo a su alrededor bruma, como si la bruma emanara de su propio ser solo porque le sentaría bien, porque lo envolvería en un halo de misterio inabordable. Incluso Tony Carsoli podría haber contado cómo aquel encuentro absurdo y casual con el músico trastocaría sus días de otro modo inciertos.
El músico de California era los bares con neblina, las prostitutas bondadosas y tristes; los negros deliciosamente barnizados. El humo azul, el entrechocar de los hielos en los vasos de whisky. Los murmullos, algunas risas, el espejo largo y quizás percudido de la barra. La risotada explosiva a destiempo. El descorche del champagne.
Y el músico ahí, de pronto, en medio del escenario absorbiendo su humanidad entera el haz de luz. Su traje brilla como brilla el instrumento. Todo lo envuelve su don sin estridencias; y la luz blanca. Cae un silencio impenetrable sobre el público; se resignan las charlas, se acallan las voces, las cabeza giran al unísono en dirección a la luz. Hasta el humo se detiene.

Se aguantan las respiraciones.

Entonces la primera nota salta del pentagrama seguida de la segunda la tercera y todos los movimientos cruzan el aire del salón y lo impregnan, se esparcen, rodean como una espiral a los espectadores en un solo irrevocable; luego, la orquesta.
 ¿Qué edad transita uno cuando escucha la música de esta forma?    


Podría haber existido alguien así, en California.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Puntos de vista, por Katy Herendi


Está uno en problemas. Sabe muy bien de qué se trata; se cuenta con todo ese bagaje de información sobre el asunto. Se está en medio del mar: ve uno el agua alrededor, el oleaje por momentos oculta cualquier atisbo de horizonte, quizás alguna gaviota; no mucho más que eso. La desesperación progresiva.

Si a uno lo observan en esa circunstancia desde el aire, digamos un piloto desde un helicóptero, este testigo podría ver el problema en toda su dimensión; en su enorme contexto: un desastre absoluto. Pero difícilmente pueda sentir lo que siente ese punto vivo en el agua; para eso hay que ser el náufrago y estar en el agua: los pies insensibles por el frío, las piernas doloridas, el movimiento incesante e interminable del agua, el agotamiento, el terror a los tiburones; a no ser rescatado jamás. Se duermen los brazos, se duerme uno. Se muere. Tal vez.

Si el asunto lo ve Dios; ve al náufrago, ve el helicóptero, no lo sé.

Él quizás ve demasiados asuntos ya.



Katy Herendi, 2015




#textosbreves #mujeresqueescriben #pequeñashistorias 



1 - Casi nada

Desconozco autor de la obra 
Dispongo las cosas para sentarme a escribir. Todo está colocado a mi merced, el cuaderno, un lápiz, el mate, las tres rosas rojas en un vaso alto, pero no empiezo. Hay demasiado que desvía mi atención. Están las mariposas en las zinnias. Las cuento. Todos los días paso largo tiempo contando la cantidad de  mariposas que revolotean las flores. Ocho, nueve, cuatro, quince. Siete. Me distraen las mariposas. Van, vienen, se posan, se juntan de a pares. Una sale a perseguir a otra y vuelan ensambladas formando una espiral,  avanzan juntas sobre el ligustro. Las pierdo y regresan tres. Me acerco a las flores con lentitud, entonces no se apartan  las mariposas. Una me envuelve por un momento y se va. Hay otra que se queda  tan cerca, tan pero tan cerca, quieta, como mirándome también cómo exploro el dibujo de las alas, dos láminas delgadas que la sustentan.  Redondeles negros, bordes oscuros como azules, polvillo anaranjado; y del revés una capa fina de ceniza lunar. Pliega y despliega las alas y luego se va.  De una flor a otra, de las rojas a las fucsias, de las fucsias a mis hombros, de mis hombros a las flores en un movimiento inagotable.

     Anoche él trajo las rosas. Tan contenta su cara de esas tres rosas rojas. Le dije que eran muy hermosas pero pensé que para hoy estarían deshojadas sobre la mesa; tan abiertas están. Pero no. Busco mi lupa para mirarlas en detalle. Una tiene, ahí, una araña. Verde la araña, o tal vez amarilla. Diminuta. Nunca vi arañas del color verde de una manzana. Detesto las arañas aunque se presenten en colores. De todos modos me acerco, a pesar del asco que me produce y a pesar de que ella levante sus dos patas delanteras, desafiante. Ahora camina por los pétalos, por el borde. Cómo será el paisaje que ella tan asquerosa y diminuta ve como horizonte aterciopelado. Qué se siente cuando uno recorre el borde de un pétalo de rosa; una geografía suave con esa ligera ondulación. Algo, terso, hecho de capas superpuestas de texturas delicadas. No merece una araña el paisaje de una rosa.

El jardín así, en quietud, sin viento,  apenas acariciado por una brisa ingenua, es una lámina desplegada en todas las direcciones. Detenida la imagen; el sol secando el rocío, la última gota titila: una gema en el pasto; y las mariposas dibujando surcos transparentes en el aire. Doce sobre las zinnias. Todo el movimiento del jardín, las mariposas.

Hay ruido de agua en la pileta vecina. Un murmullo de cascada diáfana. Y las chicharras que hablan sobre el calor; y algún trino.

Por esta mañana ya lo vi todo. Quizás ahora pueda escribir.



A modo de bienvenida



Siempre me cuesta  un poco encarar un proyecto nuevo; hasta que me embarco. Supongo que a todos nos costará. Los blogs no son nada nuevo en la vida de nadie que circule medianamente por internet, y hoy casi ninguno de nosotros escapa a eso. Pero es nuevo para mí estar creando uno. No sé si armé bien la página,  en todo caso habrá tiempo para corregirla a medida que entienda más sobre cómo funciona esto. 
La cuestión era arrancar de una vez y dejar de darle vueltas al asunto. 
En eso estoy. 

Este blog seguramente me ayude a poner orden en mi escritura. Tengo textos por aquí y por allá y preciso soltarlos, colocarlos en un sitio, juntos; quizás desordenados con respecto a las fechas en las que fueron escritos, pero eso no importará mucho, porque quién sabe cuánto tiempo llevan en la oscuridad de los cuadernos. Solo yo. Y a veces ni siquiera. 

Estoy pensando que publicar algo de esta manera es un poco como escribir un mensaje y arrojarlo en una botella al mar. Nunca sabemos dónde llegará. Da un poco de vértigo. 

Pero. 
Aquí estamos ahora. 

Les doy la bienvenida, una grande y cálida bienvenida.  Gracias por su tiempo, y como dice la canción: Gracias por venir. 


                                                                   
                                                              Katy Herendi 



(Desconozco el autor de la imagen)