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lunes, 10 de abril de 2017

"Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas la luces, ya sean del exterior o de la lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”. Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. La escritura nunca me ha abandonado."

*"Escribir" - Marguerite Durás (1993)

jueves, 12 de noviembre de 2015

de Clarice

Clarice Lispector 

"Pensar es un acto. Sentir es un hecho. Los dos juntos son yo que escribo lo que estoy escribiendo."

"¿El hecho es un acto? Juro que este libro está construido sin palabras. Es una fotografía muda. Este libro es un silencio. Este libro es una pregunta."




Clarice Lispector, La hora de la estrella (ed. Siruela) (fragmento) 



lunes, 14 de septiembre de 2015

Poquita cosa

andrzej tylkowski

Garabatear. Escribir así; sin hurgar en lo insondable. Un avión que de pronto irrumpe en el silencio y cruza sobre tu cabeza obligándote a quebrar la rigidez de tu nuca para verlo: las luces encendidas, las ventanillas nítidas. Imaginás el movimiento ahí adentro, allí arriba, tan pero tan alto; a tantos pies de distancia de tu cuaderno.

La tarde huye con su colores desparramados en el ocaso, una pintora que ha volcado sus tintes violáceos y naranjas; el trapo que ha barrido los límites trazados por los óleos.

Todo así.

Todo en silencio otra vez.

¿Y qué fue de este día en tu vida?

Qué más podía esperarse de un día que ha comenzado hace horas, cuando por la ventana descubriste un gorrión muerto en tu patio.
Qué más.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Ninguna duda


Catrin Welz Stein


Sobre las cinco de la tarde todavía restaban un par de horas de sol en el jardín. Se sentó en el piso  junto a una pared; encendió un cigarrillo. Con la brisa el humo se volatizaba de inmediato. Tomó el cuaderno y escribió: Mi vida es una desgracia. Después se quedó viendo las abejas sobre la hilera de lavandas. El cielo celeste insolente de pulcritud. Los árboles con sus verdes escalonados como una paleta de colores, el oleaje naranja de los bulbines prosperados.

Leyó eso que había escrito.


La ligustrina se le antojó algo tierno mullido como estaba. Una cosa fresca para morder o recostarse, si fuera posible sobre algo vertical. El viento lánguido arrastraba algún sonido perdido de autos en la ruta, algo como el sonido que se recuerda del mar, un oleaje intenso y difuso. Y los gatos pasaban de dormitar a la sombra a dormitar al sol, indecisos en la calidez de primavera de esa tarde. Pero según lo escrito su vida era una desgracia. Y así se lo recordaba, insistiendo en repetirlo hasta el cansancio. Hasta que no le quedara ni una sola duda de que  eso era verdad.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

1 - Casi nada

Desconozco autor de la obra 
Dispongo las cosas para sentarme a escribir. Todo está colocado a mi merced, el cuaderno, un lápiz, el mate, las tres rosas rojas en un vaso alto, pero no empiezo. Hay demasiado que desvía mi atención. Están las mariposas en las zinnias. Las cuento. Todos los días paso largo tiempo contando la cantidad de  mariposas que revolotean las flores. Ocho, nueve, cuatro, quince. Siete. Me distraen las mariposas. Van, vienen, se posan, se juntan de a pares. Una sale a perseguir a otra y vuelan ensambladas formando una espiral,  avanzan juntas sobre el ligustro. Las pierdo y regresan tres. Me acerco a las flores con lentitud, entonces no se apartan  las mariposas. Una me envuelve por un momento y se va. Hay otra que se queda  tan cerca, tan pero tan cerca, quieta, como mirándome también cómo exploro el dibujo de las alas, dos láminas delgadas que la sustentan.  Redondeles negros, bordes oscuros como azules, polvillo anaranjado; y del revés una capa fina de ceniza lunar. Pliega y despliega las alas y luego se va.  De una flor a otra, de las rojas a las fucsias, de las fucsias a mis hombros, de mis hombros a las flores en un movimiento inagotable.

     Anoche él trajo las rosas. Tan contenta su cara de esas tres rosas rojas. Le dije que eran muy hermosas pero pensé que para hoy estarían deshojadas sobre la mesa; tan abiertas están. Pero no. Busco mi lupa para mirarlas en detalle. Una tiene, ahí, una araña. Verde la araña, o tal vez amarilla. Diminuta. Nunca vi arañas del color verde de una manzana. Detesto las arañas aunque se presenten en colores. De todos modos me acerco, a pesar del asco que me produce y a pesar de que ella levante sus dos patas delanteras, desafiante. Ahora camina por los pétalos, por el borde. Cómo será el paisaje que ella tan asquerosa y diminuta ve como horizonte aterciopelado. Qué se siente cuando uno recorre el borde de un pétalo de rosa; una geografía suave con esa ligera ondulación. Algo, terso, hecho de capas superpuestas de texturas delicadas. No merece una araña el paisaje de una rosa.

El jardín así, en quietud, sin viento,  apenas acariciado por una brisa ingenua, es una lámina desplegada en todas las direcciones. Detenida la imagen; el sol secando el rocío, la última gota titila: una gema en el pasto; y las mariposas dibujando surcos transparentes en el aire. Doce sobre las zinnias. Todo el movimiento del jardín, las mariposas.

Hay ruido de agua en la pileta vecina. Un murmullo de cascada diáfana. Y las chicharras que hablan sobre el calor; y algún trino.

Por esta mañana ya lo vi todo. Quizás ahora pueda escribir.