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jueves, 12 de noviembre de 2015

Todas las noches

Andrzej Tylkowski
Salís al jardín; como siempre tu mirada se trepa hasta el cielo y tu pensamiento dibuja un "uá". No un "wow". No. Eso no porque no te da para ningún otro gesto ni aunque se genere en tu pensamiento. Las estrellas de las ocho y media, con la luna a un costado. Y todo-todo el cielo junto. Siempre estás con la tentación de quedarte afuera e incluso escribir en la oscuridad pero no podrías luego traducir ese garabato escrito a ciegas con tu ánimo extasiado debajo de esa bóveda perfecta. El esplendor de esta noche.
Por eso te pensás un ¡Uá!
Eso nada más. Y es tanta la belleza que te atrapa afuera. 
Y qué podés hacer. 
Quedarte.
Ahí.
Mirando.

martes, 8 de septiembre de 2015

Playa en negro

maja lindberg 


Desde cuándo no para el  viento. Trajo la oscuridad, arrastró lo negro que se acumula en una noche que está durando días. La humedad sostenida en el aire se adhiere a la piel, lo salobre en los labios. Mira uno las olas como quien mira el espectro de una batalla. El zarandeo alterado y bravío de las olas  sacude el muelle y se escurre entre las rocas, tiembla la madera bajo los pies.
Cuándo logrará  derribarlo todo el agua.

No hay cartas desde el frente. No hay ni las habrá.

Su pañuelo se anuda en mi cuello y el viento lo bate, se ensaña con furia para liberarlo. El pañuelo me envuelve, azota mi cara la seda.
El cielo casi negro, tan bajo; quizás me aplaste. De qué materia están formadas las nubes azabaches; de algo como carbón.
Fuego.
Algo que duele.

Se mecen los barcos sumergidos entre las algas sutiles. Bailotean monedas ahí abajo, resucitan y desmayan en las arenas turbias;  revueltas. Quizás hoy te escuche en el viento. O me deje elevar como un barrilete perdido y lastimero hasta el horizonte y descubra el otro lado; el lado desconocido del horizonte. Y quizás vea la nada y resulte que aquellos sí estuvieron en lo cierto. Tal vez encuentre el vacío, o dos elefantes; y probablemente el dragón. Una boca de fuego y lava que espera que te adentres en las aguas flotando como madera.

La noche te tocará y una gaviota te mostrará otro camino. O encuentre el piano flotando en el agua entre tules violetas y gasas.

O tantas cosas.

Narcisos como camalotes. El reflejo de tu sonrisa en la luna.
(La luz sagrada de tus ojos me redimirá.)

miércoles, 2 de septiembre de 2015

2 – De alguna manera más de lo mismo

Aka Louise
Quiero que la casa esté en silencio ahora como está a oscuras, o casi. El jardín no todavía; queda algún resabio de sol, como una dádiva. Todo el día lo pasé saliendo al jardín, pero afuera me quedaba ahí, parada junto a la puerta sin saber qué hacer. No sé sentarme a mirar sin pensar lo que resta. Sentarme feliz a pensar en algo más feliz. El quehacer de todos los días. El qué hacer. Lo ruidoso en tu cabeza, dale que dale, lo obligatorio que no  pide un ápice de creatividad; solo que uno accione. Como una máquina, un elemento utilitario a quien nadie le pregunta después cómo estuvo el día.

Es la hora de los aviones; un revuelo que gira en el cielo gastando tiempo y que esquiva estrellas, otros aviones, hasta que alguien avisa que es viable  tocar  tierra.

Y después qué.


Nada. El cielo queda quieto. No  queda un solo  rastro que indique algo sobre  las personas que anduvieron por allí arriba girando suspendidas al unísono sin más que un asiento y kilómetros de aire y neblina debajo de sus humanidades; no queda nada: como no quedan rastros en el agua cuando se hunde algo; una piedra, el barco más grande del mundo. Pocos indicios quedan  del paso, del haber estado,  de las personas por los lugares. No hablo de las obras grandes sino de esos  seres minúsculos que no tienen obra pero que poseen  el alma; y  la capacidad de encontrar lo prodigioso en tocar con la yema de los dedos la corteza del árbol herido. Y con eso  se quedan durante días, conservando eso áspero, dulcemente rugoso, posado  en la piel.  De eso tampoco se sabe nada, nunca se habla de la caricia a un árbol.