Mostrando las entradas con la etiqueta jardín. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta jardín. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de noviembre de 2015

Huele a lluvias

desconozco autor imagen 

Huele a lluvias el jardín.
Sobre el montículo  de hojas, el gato.  El cuerpo ahuecado, la mirada atenta.
Las gotas tiemblan prendidas en las hojuelas de lavanda. Perlas temerosas y quebrantables.  
El gato percibe. El sonido. Un retintín. Quizás el temblor.
El tenue estremecimiento.
Algunas caen. Se aplastan. Gemas abatidas.
El gato lo advierte.
La oruga lo advierte.
Es un tintineo la caída de las gotas pequeñas.
Agitación de cristales.

Un susurro de agüitas. 

Todas las noches

Andrzej Tylkowski
Salís al jardín; como siempre tu mirada se trepa hasta el cielo y tu pensamiento dibuja un "uá". No un "wow". No. Eso no porque no te da para ningún otro gesto ni aunque se genere en tu pensamiento. Las estrellas de las ocho y media, con la luna a un costado. Y todo-todo el cielo junto. Siempre estás con la tentación de quedarte afuera e incluso escribir en la oscuridad pero no podrías luego traducir ese garabato escrito a ciegas con tu ánimo extasiado debajo de esa bóveda perfecta. El esplendor de esta noche.
Por eso te pensás un ¡Uá!
Eso nada más. Y es tanta la belleza que te atrapa afuera. 
Y qué podés hacer. 
Quedarte.
Ahí.
Mirando.

lunes, 7 de septiembre de 2015

La señora Julia

Alejandra Karageorgius
Los ojos de la señora Julia se posaron largo tiempo sobre el tulipán rojo. Su mirada recorrió cada milímetro del capullo apenas, apenas abierto,  ligeramente inclinado hacia la derecha. Una raya verde oscuro como una S  estirada sobre un pétalo; el tallo alargado con exageración se perdía hacia abajo. Tres círculos azules, casi tres pompas de jabón, una raya ondulante allí, suelta,  color naranja. Una mariposa, no una mariposa: la silueta de una mariposa en blanco...  
            Los ojos de la señora Julia se detuvieron por largo tiempo sobre el tulipán rojo. Tanto estuvo mirando que ya no miraba  la flor sino algo como antes de la flor, algo que era una nada con fondo de tulipanes. Sus pensamientos flotaban ondulando, un bote vacío en el agua a merced de la marea inmóvil. Mientras tanto el té primorosamente servido, el mantelito de cuadrillé azul con los bordes de encaje, ya no humeaba ni era la infusión reconfortante que había deseado beber poco antes.  Su mirada la llevó del té al tulipán y, recién entonces, la señora Julia puso orden en su pensamiento;  el tulipán estampado, las pequeñas almohadas,  el sillón grande que tenía adelante, al otro lado de la mesa ratona.  Si alguien la hubiese observado, a cierta distancia, en aquel momento, hubiera podido ver el gesto infantil de levantar y bajar los hombros, como quien resta importancia a un hecho. Siempre la tomaba por sorpresa advertir que se confundía en relación a los objetos que la rodeaban a diario. Luego volvía a olvidar estos pequeños hechos.
            Vació la taza en la pileta. Puso agua a calentar. Mientras, miró cómo la lluvia aplastaba las lavandas. Cuando ya no lloviera más y el aire recuperara la tibieza de la  estación las lavandas se volverían a erguir. Siempre era así. Recordó cuánta pena solía provocarle ver a sus plantas cediendo en las tormentas. O era irritación. O ambos sentimientos. Ahora simplemente las miraba volcadas hacia adelante como estaban y sonreía, o estiraba la boca como si sonriera, como quien ve a un niño dar un tropezón sin consecuencias.
            El jardinero había trabajado allí la tarde anterior así que debía  ser jueves. Los jueves iba Lucrecia a hacer la limpieza,  sin embargo no había aparecido;  ni siquiera había llamado para avisar que no  iría. La recordó alta. Baja. No, no era alta. No. Definitivamente. A la señora Julia no le importaba que la chica no apareciera salvo porque estaba antojada de  comer manzanas y precisaba que ella las comprara. Era una buena chica Lucrecia. Pero, ¿sería jueves? Quizás lo mejor fuera salir ella misma hasta la calle y comprar la fruta; y alguna otra cosa.
Al cruzar la puerta el jardinero la saludó con la cordialidad exagerada y reverencial de costumbre. Sin dejar su escoba de hojas se acercó para conversar un poco y  la señora Julia miró con sorpresa el cielo, tan celeste que parecía nuevo. Pero cuándo fue que había dejado de llover, y  cómo es que usted vino hoy de nuevo a trabajar. El hombre respondió que siempre iba los miércoles, señora Julia.
            ¿Y entonces la lluvia...?
          Uf, la verdad.... hace semanas y semanas que no cae una miserable gota. Ojalá lloviera de una buena vez…,  pobres plantas. Y, ¡el campo...!, con lo bien que le vendría un poco de agua. Qué digo un poco. Una buena...
            La señora Julia de pronto necesitaba recostarse. Despertar y  entender. Cada día era una sucesión de madejas más y más difíciles de desenredar.
            ¿Usted conoce a la chica que viene los jueves? ¿Lucrecia, la conoce?
El jardinero levantó las cejas y miró algo en el pasto. Me acuerdo de ella, dijo, pobre. Hace  meses ya. Tan joven. Una pena.
La señora Julia se aferró del brazo del hombre tan fuerte como pudo, que no era tanto. El jardinero soltó su barredora y la ayudó a sentarse en el banco de madera blanca de la galería.
            No me siento nada bien, ¿sabe?


           Un rato más tarde, cuando ella ya estaba recostada mirando lo que alcanzaba a ver del jardín un médico subió a la ambulancia y alguien más se aprestó a cerrar  las puertas del vehículo.  Pero antes de eso, antes de cerrar, hubo gente que se asomó a saludarla. Caras que se empujaban un poco para sonreírle lo que le recordó su boda. Ella le sonrió a la pequeña multitud. Con la mano en alto. Cuando Armando se dé cuenta de que su vestido de verdad tiene los ciento veinte botoncitos... pero qué hermosa fiesta, qué hermosos todos. En la cara de la señora Julia se dibuja cada vez más plena la sonrisa. Y qué reproches le hará su madre que ella se fue sin poder saludarla. Y el ramo con tulipanes, ¿de dónde lo recordaba?

miércoles, 2 de septiembre de 2015

2 – De alguna manera más de lo mismo

Aka Louise
Quiero que la casa esté en silencio ahora como está a oscuras, o casi. El jardín no todavía; queda algún resabio de sol, como una dádiva. Todo el día lo pasé saliendo al jardín, pero afuera me quedaba ahí, parada junto a la puerta sin saber qué hacer. No sé sentarme a mirar sin pensar lo que resta. Sentarme feliz a pensar en algo más feliz. El quehacer de todos los días. El qué hacer. Lo ruidoso en tu cabeza, dale que dale, lo obligatorio que no  pide un ápice de creatividad; solo que uno accione. Como una máquina, un elemento utilitario a quien nadie le pregunta después cómo estuvo el día.

Es la hora de los aviones; un revuelo que gira en el cielo gastando tiempo y que esquiva estrellas, otros aviones, hasta que alguien avisa que es viable  tocar  tierra.

Y después qué.


Nada. El cielo queda quieto. No  queda un solo  rastro que indique algo sobre  las personas que anduvieron por allí arriba girando suspendidas al unísono sin más que un asiento y kilómetros de aire y neblina debajo de sus humanidades; no queda nada: como no quedan rastros en el agua cuando se hunde algo; una piedra, el barco más grande del mundo. Pocos indicios quedan  del paso, del haber estado,  de las personas por los lugares. No hablo de las obras grandes sino de esos  seres minúsculos que no tienen obra pero que poseen  el alma; y  la capacidad de encontrar lo prodigioso en tocar con la yema de los dedos la corteza del árbol herido. Y con eso  se quedan durante días, conservando eso áspero, dulcemente rugoso, posado  en la piel.  De eso tampoco se sabe nada, nunca se habla de la caricia a un árbol. 

1 - Casi nada

Desconozco autor de la obra 
Dispongo las cosas para sentarme a escribir. Todo está colocado a mi merced, el cuaderno, un lápiz, el mate, las tres rosas rojas en un vaso alto, pero no empiezo. Hay demasiado que desvía mi atención. Están las mariposas en las zinnias. Las cuento. Todos los días paso largo tiempo contando la cantidad de  mariposas que revolotean las flores. Ocho, nueve, cuatro, quince. Siete. Me distraen las mariposas. Van, vienen, se posan, se juntan de a pares. Una sale a perseguir a otra y vuelan ensambladas formando una espiral,  avanzan juntas sobre el ligustro. Las pierdo y regresan tres. Me acerco a las flores con lentitud, entonces no se apartan  las mariposas. Una me envuelve por un momento y se va. Hay otra que se queda  tan cerca, tan pero tan cerca, quieta, como mirándome también cómo exploro el dibujo de las alas, dos láminas delgadas que la sustentan.  Redondeles negros, bordes oscuros como azules, polvillo anaranjado; y del revés una capa fina de ceniza lunar. Pliega y despliega las alas y luego se va.  De una flor a otra, de las rojas a las fucsias, de las fucsias a mis hombros, de mis hombros a las flores en un movimiento inagotable.

     Anoche él trajo las rosas. Tan contenta su cara de esas tres rosas rojas. Le dije que eran muy hermosas pero pensé que para hoy estarían deshojadas sobre la mesa; tan abiertas están. Pero no. Busco mi lupa para mirarlas en detalle. Una tiene, ahí, una araña. Verde la araña, o tal vez amarilla. Diminuta. Nunca vi arañas del color verde de una manzana. Detesto las arañas aunque se presenten en colores. De todos modos me acerco, a pesar del asco que me produce y a pesar de que ella levante sus dos patas delanteras, desafiante. Ahora camina por los pétalos, por el borde. Cómo será el paisaje que ella tan asquerosa y diminuta ve como horizonte aterciopelado. Qué se siente cuando uno recorre el borde de un pétalo de rosa; una geografía suave con esa ligera ondulación. Algo, terso, hecho de capas superpuestas de texturas delicadas. No merece una araña el paisaje de una rosa.

El jardín así, en quietud, sin viento,  apenas acariciado por una brisa ingenua, es una lámina desplegada en todas las direcciones. Detenida la imagen; el sol secando el rocío, la última gota titila: una gema en el pasto; y las mariposas dibujando surcos transparentes en el aire. Doce sobre las zinnias. Todo el movimiento del jardín, las mariposas.

Hay ruido de agua en la pileta vecina. Un murmullo de cascada diáfana. Y las chicharras que hablan sobre el calor; y algún trino.

Por esta mañana ya lo vi todo. Quizás ahora pueda escribir.