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lunes, 11 de enero de 2016

De cuando era grande, Katy Herendi



De pequeña tenía costumbres que me avergonzaban porque pensaba que nadie más que yo hacía las cosas que a mí me gustaba hacer. Creencias con las que crecí y que mucho después, cuando las contaba a alguien más con mi habitual timidez, descubrí que muchos niños llenaron su infancia solitaria de recuerdos similares. 

Me gustaba caminar tocando las paredes de la casa donde vivíamos. Empezaba por el portón verde de rejas trabajadas de la entrada de la calle que daba a un jardín de rosas, no muy grande. La casa estaba pintada de amarillo pálido como casi todas las casas del barrio. Me gustaba sentir en las palmas de las manos la rugosidad tenue y fresca. Simulaba estar distraída y avanzaba lenta y ceremoniosa como una novia de telenovela camino al altar mientras acariciaba el paredón que era el lateral de la casa de dos plantas vecina a la nuestra, al llegar a la entrada del garaje, que nunca vi abierto no sé por qué, doblaba y seguía pasando mis manos por el hueco del porche hasta donde la pared terminaba y comenzaba el pasillo. Allí me detenía para ver cuán largo era ese pasillo, para mí, a esa edad, con ese tamaño pequeño con el que todo era alto inalcanzable o largo, infinito, y sin sacar la palma de mi mano de la pared llegaba al ventanal. Allí me ocurría la extrañeza de siempre; me asaltaban imágenes de cuando había sido grande, y de alguna manera tenía la convicción de que aquello que sentía tan nítido lo recordaría cuando volviese a ser grande. Entonces me quedaba largo rato con mis pensamientos enormes en mi cuerpo de niña con una visión magnífica de lo que me rodeaba, porque sabía que luego de cierto tiempo todo volvería a estar al alcance de mi mano y ya no precisaría estirarme tanto y quizás inútilmente; la hamaca de madera con los dos asientos enfrentados me iba a parecer baja y para ese entonces tal vez dejaría de interesarme por ella. Cuando mi madre me llamaba para saber qué estaríamos haciendo mis hermanos y yo, y luego de comprobar que mis hermanos estaban jugando a la pelota en la vereda mientras que como de costumbre yo prefería la soledad, me esforzaba por responder como una niña que, después de todo, era lo que se esperaba de mí. Si me alejaba del ventanal la sensación desaparecía. Solo se daba en aquel espacio y junto a ese lugar, ese punto exacto cerca de la ventana y creo que rápido lo olvidaba para evitar tener que explicárselo a nadie. 
Y además tenía un novio que había dibujado con una tiza de costurera de mi madre. Le había dibujado los ojos y una boca en la columna de desagüe de lluvia que sobresalía de la pared del pasillo. A veces nos besábamos furtivamente sin que nadie nos viera. Era hermoso. 
Quizás por eso es que cuando un niño habla, en la calle, en una plaza cualquiera, en un paseo, presto mucha atención y lo tomo muy en serio. Los niños saben de lo que hablan, nos hablan con verdad. Y saben cosas que nosotros ya hemos olvidado.


Katy Herendi, De cuando era grande
Ilustración, Margaret Tarrant



#MargaretTarrant #infancia #cuentos #brevestextos #KatyHerendi

viernes, 2 de octubre de 2015

Instante fugaz del cuento de hadas

Bessie Pease Gutman 
La niña, todas las noches, se detiene junto a la puerta de la cocina, de la puerta que da al patio trasero de su casa, y recorre con sus manitos abiertas la superficie vidriada. Sus manitos tiernas y blancas, tan blancas como el tazón de leche que su mamá le acerca en las mañanas, tan tiernas como el arroz con leche y canela que su mamá le prepara en las tardes.
La niña recorre el vidrio; el vidrio no es del cristal fino y transparente como los otros que hay en las ventanas de la casa, sino una capa gruesa poco traslúcida y como plagada  de huellas de dedos que impiden ver qué hay detrás. La niña acerca el rostro a los dibujos del vidrio; muy pero muy cerca y mira. La luz que ve se descompone en colores fragmentados, pequeños discos de luz; azules, rosados, amarillos. Sus dedos recorren por ella los recovecos diminutos, los bordes redondeados y suaves y toca las formas que imagina: montañas de verdes húmedos, flores y hadas que plagarán sus sueños; hamacas que cuelgan de nubes esponjosas y donde ella se balanceará mientras duerme  esperando levantar vuelo hacia el horizonte dorado. Olvida la niña que está de pie junto a una puerta y corre por un prado de trigo y miel. Huele las fragancias que la tierra exhala cuando ha dejado de llover,  muerde duraznos que la salpican de dulce néctar; y ríe. Está tan feliz que sus brazos se abren y ella gira y da vueltas con cien mariposas blancas que se enredan en las cintas de  su vestido de plumetí. Hasta que huele el pan que su madre hornea, las verduras que bullen en la sopa deliciosa y deja el vidrio atrás. Ve a su madre que canta junto a la cocina, la mesa dispuesta para la cena familiar; y a su padre sonriéndoles a las dos. La niña guarda esa imagen en su interior, en un lugar reservado donde atesora momentos como esos. Abraza a sus padres. Los tres se rodean con un halo amoroso y único.  La niña se retira  a dormir desconociendo  que hasta los cuentos más bellos un día llegan a su fin. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

De cuando Gatúbela

Dariy Tatyana
Cansada de volar alrededor de las ramas bajas del pino que no hacían más que lastimarla,  la bruja bella del bosque se enfrentó a su adversario, el príncipe espantoso de las praderas; ella levantó sin titubeos su varita mágica, y con apenas un ligero movimiento lo transformó… en  perro.
En ganso.
No, no..., ¡mejor en sapo! En uno todo verde y lleno de granos apestosos. 

Casi enseguida la madre del sapo se asomó por la puerta de la cocina y los llamó a merendar. La bruja, cada vez más hermosa, volvió a levantar  su varita,  apuntó hacia la dirección de donde  esa voz desconocida provenía y voló hacia ella sin hacerse esperar. El sapo quiso correr, volar también como la bruja, pero ésta le advirtió: qué hacés nene si vos no podés, los-sapos-no-vuelan-pibe-o-no-lo-sabés.  Entonces el sapo quedó rezagado y demoró un poco en aparecer en la cocina porque ya se sabe que para los sapos las distancias se  hacen mucho más largas que para las brujas que van a todas partes volando. Cuando por fin el sapo, todo verde y lleno de granos apestosos, logró llegar, vio que la bruja  ya estaba sentada y además había devorado una porción del bizcochuelo que la mamá cocinó para los dos, y ya empezaba con una segunda. Dale nene que empieza Batman. Y bueno qué querés si tuve que venir dando saltos. Igual tardaste poquito, la próxima te convierto en gusano.

Por suerte para los dos esa tarde Batman iba a enfrentarse a Gatúbela, así que la bruja y el sapo prestaron especial atención al desarrollo de la historia para después jugarla.

Mirá a Gatúbela. Fijate. Así, igualita, soy yo. El sapo la miró. Después volvió a mirar la pantalla. Un segundo después, con una mano se tapó la boca y con la otra, abierta sobre su estómago, empezó a revolcarse sobre la alfombra a carcajada limpia. La bruja le gritó que era un tarado y le advirtió que muy probablemente mientras durmiera lo iba a transformar en una asquerosa cucaracha. O en aguaviva. O en nada. Y  Batman terminó sin que ellos pudieran enterarse de qué pasaba al final en el  capitulo de esa tarde. La madre del sapo apareció para apagar el televisor y les dijo que se fueran a jugar al jardín otra vez. Que en un rato la mamá de Tomasa vendría a buscarla; que aprovecharan el tiempo. Y que no corrieran como desaforados sino iban a vomitar todo el bizcochuelo.

Vomitar…, pensó Tomasa, y enseguida imaginó a Andrés vomitando incontrolable por toda la casa, por las paredes impecables, manchando las cortinas de voile. La madre gritando que era un inmundo; que por qué no era como Tomasa, tan linda, que no ensucia nada y que además es tan igualita a Gatúbela. Qué. Seguro que vos ni cuenta te diste, ay, qué hijo tan pavote que tengo. Por qué no tendré una hija como Tomasa.

Gatúbela tenía por fin amarrado a Batman; y en su propia baticueva. Ella, la mejor villana: la única que había logrado descubrir sin ayuda de nadie-nadie solo de su enorme ingenio,  el refugio del batitonto, ahora además lo tenía amordazado y atado y… y ahora qué. Ahora que él estaba totalmente a su merced qué más podía hacer. Al final era más divertido ser bruja. Sin dudas era lo que mejor le salía.  Juntó algunas piedritas y se sentó en el cantero de las lavandas. Cuando todo parecía haber llegado a su fin apareció el hermano de Batman, el grandote de veintiuno. Llegó gritando como un loco que venía a rescatar a Batman y se interpuso entre los dos, cosa bastante fácil de lograr teniendo en cuenta que el batibobo estaba atado con una soga y que ella estaba sentada jugando al dinenti al otro lado del jardín. Había suficiente espacio para interponerse entre ambos.
Gatúbela, estás perdida. Ahora sí, Batman, he venido a rescatarte, amigo. Ella lo miró con una ceja levantada y volvió a tirar una piedrita al aire. Qué. ¿Sos Robín? Sí, o es que ya la malvada y bella Gatúbela no reconoce al dúo dinámico en su propia baticueva. Ah, pensó ella, entonces él sí se da cuenta de que soy igual a Gatúbela. Pero igual estaba perdida. Dejó las piedritas del dinenti a un costado; las acomodó para después, y de un salto se puso en pie y los desafió, mientras Robin le quitaba las cuerdas a Batman. ¿Perdida? Jamás. Corrió hacia el otro lado del pino.
Mejor dicho, de la baticomputadora.
De los batitubos.
Ambos paladines de la justicia la tenían acorralada, uno de cada lado. Y avanzaban amenazantes. Cuando estaba casi a punto de caer en las garras de los buenos tomó una dura decisión, correría entre ambos, y si lograba pasar por entre los dos estaría a salvo. Sin embargo, al retroceder para tomar carrera chocó contra algo que no estaba en sus planes; y que antes tampoco estaba, sea lo que fuere, en el jardín. Giró la cabeza y se encontró  con un muro muy alto, cabellos negros, ojos celestes y una voz increíble que le dijo: no tan rápido pequeña Gatúbela, aquí estoy para defenderte. Soy uno de tus gatitos malvados. Y Gatúbela, la pequeña, se enamoró por primera vez.

Para cuando la mamá de Tomasa llegó, ella ya sabía que el chico se llamaba Pedro, que tenía veintidós años, que era compañero de la facultad del hermano de Andrés, y que aunque tuviera doce años más que ella era su novio aunque él no lo supiera todavía. Que era más divertido cuando él era quien la corría, la atrapaba y la levantaba en el aire para hacerla volar de verdad. Eran Peter Pan y Campanita. Antes de irse, y cuánto le costó irse esa tarde de ahí, le preguntó si él volvería alguna vez, y él dijo que probablemente.
Cada mañana de ese verano Tomasa ya estaba lista para ir a casa de su amigo, antes de que la mamá estuviese lista para llevarla y luego correr a la oficina. Ya no más remilgos ni protestas; mejor así, pensó la mamá y prefirió reservar la pregunta del porqué, por las dudas de que eso hiciera cambiar de postura a su pequeña.
Casi todas las tardes Pedro – Peter Pan – el aliado secuaz de turno, aparecía en el momento preciso a rescatarla. Y cuando no, cuando no llegaba, Tomasa sentía que el día era una serie de minutos sin sentido, que los finales de los juegos no eran finales y que Andrés era el chico más aburrido del planeta Tierra; y de los otros planetas también. Que para qué había verano. Y que por qué no llovía,  así al menos miraban novelas como la mamá del sapo que miraba como tres.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Los vecinos de la muñeca de porcelana



Bessie Pease Gutman 



Nos gustaba tanto disfrazarnos que casi habíamos olvidado que vivíamos disfrazadas. Patricia vivía con su abuela, yo con mi tía, y como la casualidad quiso que ambas 
perdiéramos a nuestros padres de pequeñas mucha gente creía que éramos hermanas, incluso muchas veces nosotras. 
Desde la mañana solíamos salir a la calle con ropas que nos quedaban enormes y chancleteando los zapatos que habían pertenecido a nuestras mamás. Luego algún que otro sombrero, y algunos colgantes cuando se nos venía en ganas andar tintineando por ahí; así nos íbamos a jugar a cualquiera de las casas del barrio. Las entradas eran tan 
accesibles que muchas ni siquiera tenían esos portones de madera bajitos que eran casi como un adorno. Las que sí tenían eran simples de abrir o incluso solían estar siempre
abiertas. Nos gustaban las mañanas otoñales con ese olor a recién hechas, apenas con alguna que otra brisa a veces fresca, y con mucho del resto de la tibieza del verano recién ido. Hubo un tiempo breve en que intentamos frecuentar una casa  a la que nos estaba prohibido ir a jugar; por eso nos gustaba más que todas las otras. Pero un día la vieja dueña no estuvo más, y su prohibición se mudó con ella a otra parte. Pocas semanas después se instaló allí una pareja de propietarios nuevos. 
De a poco, de jugar como quien no quiere la cosa en la vereda, un rato después ya pegadas al portón, nos entrometimos en el jardín que tantas ilusiones teníamos por conocer. Como en muchas casas de la época, había conejos, gallinas con pollitos, y canteros ovalados con rosales en flor; más allá, aledaña a la cocina un parral cubría la pérgola blanca. Debajo, y a su sombra grácil, la mesa y  dos largos bancos de material. Si bien desde la vereda la casa daba el aspecto de ser pequeña no lo era en absoluto. Y el jardín apenas insinuado en el frente era un terreno profundo que a nuestro parecer era interminable. 

Ya habíamos notado que éramos observadas desde alguna ventana, y con el afán de que nos permitieran seguir estando en ese lugar,  entre medio de nuestras conversaciones 
entremezclábamos frases tales como, qué casa tan pero tan hermosa, qué jardín tan pero tan increíble, qué gallinas tan pero tan simpáticas y afirmaciones por el estilo. Pasadas las primeras esperas a ser invitadas a abandonar el jardín de nuestros sueños, y como nada de eso -ni nada parecido- ocurrió, nos pareció lo más adecuado pensar que, por el contrario,  éramos bienvenidas. Y en efecto, pocos días más tarde, el hombre  mayor nos pidió , de un modo tan llano como si fuese parte de un diálogo iniciado, que le  acercáramos un canasto que él había dejado  sobre el pasto. Con el canasto apoyado sobre la escalera desde la que seleccionaba algunos racimos de las últimas uvas, dijo que esa tarde haría mermelada con las ciruelas que un amigo le había traído de una isla del Tigre. Patricia y yo nos mirábamos risueñas porque era la primera vez que alguien nos hablaba sin preguntarnos de qué estábamos disfrazadas. Y pensamos que quizás no se habían dado cuenta. Ella me mostraba su sombrero de paja y señalaba el mío y enseguida el de aquel hombre. El hombre, que luego nos diría que se llamaba Manuel, no miró con extrañeza nuestros ropajes ni tampoco nuestros chancleteados tacones. Sí preguntó nuestros nombres y asintió aprobando cada uno. Esa tarde nos convidó con té con leche y un bizcochuelo que dijo que había cocinado Hervé. Pero no vimos a nadie. 

El ciclo de la  escuela ya había comenzado; eso no impedía que fuésemos a jugar a la casa de Manuel. No siempre lo veíamos aunque sabíamos que él estaba porque a veces sucedía algún ruido cotidiano en la cocina, que era lo más cercano al jardín. Y otras tardes él salía y se sentaba en uno de los sillones y leía, o fumaba. O simplemente permanecía sentado mirando las plantas. Una tarde nos mostró una muñeca antigua, dijo que estaba en la casa, en unas cajas viejas que encontró en el sótano cuando Hervé y él se mudaron. Que tenía el bracito quebrado, no creo que se pueda reparar dijo. Y que le haría un vestidito y la pondría de adorno. A los pocos días le dije a Patricia algo sobre la muñeca. Que la quería para mí, que para qué la querría él. Ella solo dijo, claro, para qué. Después no hablamos más sobre la muñeca.

Hubo un momento en el que ya dejamos de ir a cualquier otro jardín que no fuera el de Manuel y Hervé, una tarde justo antes de que nos fuéramos el hombre dijo que Hervé nos había preparado masitas con dulce, así que entramos a la cocina y nos encontramos con la mesa que parecía estar puesta para jugar a las visitas; hasta una vieja tetera inglesa había sido utilizada como florero, y a un costado de cada platito para las tazas de té, dos flores de lavanda atadas con una delicada cinta de raso. Hervé no comprende muy bien nuestro idioma pero hablándole despacio entiende, dijo Manuel. La cortina a cuadrillé que dividía la gran cocina del resto de la casa se hizo a un lado como si una función teatral fuese a dar comienzo e hizo su entrada Hervé. El hombre más alto del planeta, seguro. Y el más negro. Y el de los dientes más blancos y perfectos que hubiésemos visto jamás en nuestras vidas. Su sonrisa dulce  iluminó la cocina, y el rostro de Manuel. El hombre era cocinero de un hotel de renombre en la ciudad. Antes había sido cocinero en un barco, y conocía tantos lugares extraordinarios que a través de la voz de Manuel nos transportó durante muchos días a sitios inimaginables. Nos regaló relatos de tormentas en medio del mar, pintó fragmentos de vida de personajes coloridos inimaginables, fascinantes,  y nos cocinó exquisiteces que nunca habíamos probado.  

Solamente vivieron en esa casa unos meses; Manuel enfermó y Hervé lo cuidó,  día y noche. Nosotras íbamos a visitarlo todos los días, mientras en vano intentábamos jugar a algo, afuera . Hervé había colocado la muñeca en una silla junto a  la cama, para que Manuel la viera, hasta que una mañana temprano Manuel murió. Después en un gesto Hervé nos regaló la muñeca de porcelana, pero nosotras ya no sabíamos tenerla y la enterramos en su jardín.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Pereza de los trenes

ilustración: Dery Tatyana 

El óxido de las escalinatas del puente no es por herrumbre, ni por falta de pintura que nunca tuvo; es viejo. Ya era viejo entonces. Y siempre fue de ese color, lo que facilita el recuerdo mientras subo cada peldaño con esa costumbre insufrible de contarlos, siempre, cada vez, hasta que me pregunto para qué diablos cuento todo -cuatro, cinco, seis naranjas; cinco, seis, siete cebollas; dos, tres autos (verdes), trece, catorce quince pájaros, diez, once, doce pasos-, mientras avanzo hasta la mitad del puente, techado con maderas y más hierro, y me detengo obligada por la costumbre, y porque no podría evitar detenerme y luego me acodo sobre la baranda a verificar que las vías siguen perdiéndose allá, en la curva de árboles, y del lado contrario vuelven a perderse también en otra curva de árboles, y constato que primero llega el que yo pienso que va a llegar -rara vez me equivoco- y tontamente me inunda un bienestar inesperado que se disipa rápidamente. Pero para ese entonces ya dejé de ser quien soy y la que se acoda y triunfa es la niña que fui, que todas las tardes de verano cumplía el mismo derrotero hasta la estación. Amaba los trenes; los de madera, con escaleritas trabajadas, de herrería, las ventanillas dobles, una de vidrio la segunda como de persiana de madera. El traqueteo parsimonioso, con cierta pereza de moverse, la iluminación macilenta con un dejo entre amarillo y ocre, cuando se viajaba de noche. Pero más y sobre todo amaba el andén. La niña que fui se quedaba sentada en el andén durante horas, como si le perteneciera; con esa actitud miraba subir y bajar a los pasajeros de los trenes. A veces era con un carácter de benevolencia por permitirles calladamente transitar ese espacio de su propiedad, otras los enfrentaba con la mirada agria repleta de soberbia afectada por tanta impertinencia. Muchas veces abandonaba la estación y subía ella también a alguno de sus trenes. Viajaba hasta la siguiente estación, y ahí se quedaba a esperar como si alguien estuviera por ir a su encuentro. Incluso consultaba el reloj inexistente deslizando un dedo por su puño y enseguida lo ocultaba aferrando su muñeca para que quien sabe Dios quién no descubriera la mentira de su hora inventada.
Esa otra estación carecía de un puente para ella, por el contrario era tan alta que los automóviles pasaban por debajo de las vías atravesando un túnel no muy profundo, que era a su vez un pasadizo para peatones; oscuro y tenebroso al que ella nunca iba. Pero sí abandonaba la estación bajando unas escalinatas angostas, mal diseñadas para un pie adulto, perfecto para los suyos. La escalinata desembocaba en una calle estrecha, tanto que solo podía pasar un automóvil por vez. Esa calle en la esquina hacía una curva muy pronunciada y luego de dos o tres casas otra; así que aunque las casas estaban pegadas unas a otras en una larga seguidilla daba la sensación de que solo había esas dos o tres, porque entre ellas quedaban ocultas; se iban descubriendo a medida que se caminaba la sinuosidad de la calle. Del lado de enfrente, las vías. Antes de las vías el alambrado de protección cubierto de maracuyá. Antes de los maracuyá, árboles de especies variadas, sobre todo pinos y gomeros monstruosos, con sus raíces como colgajos de las ramas altas que crecían sobre sus costados y plantas enormes como orejas de elefante que los vecinos cuidaban, y que se tupían tanto que cada casa parecía poseer su bosque propio con solo cruzar la callecita curva. Y la niña que fui, agradecida por descubrir sitios increíbles, solitarios y al parecer invisibles a los ojos del mundo, jugaba en esos bosques por muchas horas, a veces se adueñaba de algún gato flaco que luego abandonaba con lágrimas y gestos trágicos presumiendo que alguien la estaría mirando desde alguna ventana, y descubriría en ella a una futura actriz dramática de esas que morían maravillosamente en escena; luego se marchaba sin mirar atrás. O bien, regresaba una vez más, corriendo, para abrazar al gato que indefectiblemente abandonaría. Después retornaba a esperar el tren y volvía a su estación como quien regresa al hogar. De inmediato trepaba el puente, verificaba que uno y otro horizonte estuvieran donde estaban, y entonces sí caminaba las cinco cuadras hasta su casa. Cuando su madre volvía también, luego de la larga jornada laboral, la encontraba sentada en la cama, siempre leyendo, y seguramente se sentiría satisfecha de que su niña estuviera a salvo, al abrigo seguro de la casa, mientras ella no estaba.
Siempre que vuelvo a esa estación, la niña que fui toma mi mano de adulta, sostiene su mirada vivaz en la mía melancólica, y mientras sigo acodada en la baranda del puente, empatándome con algún gato abandonado, ella se aleja contoneándose feliz porque no la olvido.