Mostrando las entradas con la etiqueta melancolía. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta melancolía. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de octubre de 2015

Instante fugaz del cuento de hadas

Bessie Pease Gutman 
La niña, todas las noches, se detiene junto a la puerta de la cocina, de la puerta que da al patio trasero de su casa, y recorre con sus manitos abiertas la superficie vidriada. Sus manitos tiernas y blancas, tan blancas como el tazón de leche que su mamá le acerca en las mañanas, tan tiernas como el arroz con leche y canela que su mamá le prepara en las tardes.
La niña recorre el vidrio; el vidrio no es del cristal fino y transparente como los otros que hay en las ventanas de la casa, sino una capa gruesa poco traslúcida y como plagada  de huellas de dedos que impiden ver qué hay detrás. La niña acerca el rostro a los dibujos del vidrio; muy pero muy cerca y mira. La luz que ve se descompone en colores fragmentados, pequeños discos de luz; azules, rosados, amarillos. Sus dedos recorren por ella los recovecos diminutos, los bordes redondeados y suaves y toca las formas que imagina: montañas de verdes húmedos, flores y hadas que plagarán sus sueños; hamacas que cuelgan de nubes esponjosas y donde ella se balanceará mientras duerme  esperando levantar vuelo hacia el horizonte dorado. Olvida la niña que está de pie junto a una puerta y corre por un prado de trigo y miel. Huele las fragancias que la tierra exhala cuando ha dejado de llover,  muerde duraznos que la salpican de dulce néctar; y ríe. Está tan feliz que sus brazos se abren y ella gira y da vueltas con cien mariposas blancas que se enredan en las cintas de  su vestido de plumetí. Hasta que huele el pan que su madre hornea, las verduras que bullen en la sopa deliciosa y deja el vidrio atrás. Ve a su madre que canta junto a la cocina, la mesa dispuesta para la cena familiar; y a su padre sonriéndoles a las dos. La niña guarda esa imagen en su interior, en un lugar reservado donde atesora momentos como esos. Abraza a sus padres. Los tres se rodean con un halo amoroso y único.  La niña se retira  a dormir desconociendo  que hasta los cuentos más bellos un día llegan a su fin. 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Malvones, por Katy Herendi (primera versión)

A esta hora tal vez ya ni importe. Nada va a recuperarse. Ahora da igual. Si ella viera lo mismo que estoy mirando; y hubiese visto ayer. No solamente las macetas, todas las plantas: las calas del rincón, las begonias, la albahaca; todas las otras plantas; como si hubiesen estado esperando su mejor momento para que unas pocas horas de helada echaran a perder las cosas, de esta manera. Como si un pequeño incendio hubiese sucedido en algunas, tan chamuscadas quedaron; o como si una mala noticia se hubiese difundido en aquellas y entonces tan solo se dejaron morir. Lo peor. Y no hay remedio. No es como en el verano. En el verano algo siempre se puede reparar. Y ahora ella va a machacar con lo del descuido. Que me lo dijo cuántas veces. Que para qué habla. Al viento le hablo, va a decir. Si cruzo el jardín voy a mojar con los zapatos la vereda.
Caroline Lord 
Ella algo va a decir.
Si no bajo la vereda, si no camino sobre el pasto, seguro reclamará que ni siquiera me acerco a ver las plantas. Por qué no busco la escalera y arrojo todas las macetas al terreno baldío. Podríamos llorar juntas por el final incierto de las plantas y maldecir al desgraciado que se atrevió a llevárselas. Pero no hago nada. Nada de todo lo que imagino. Y ni tampoco bajo la vereda.

Es una linda mañana; en cualquier momento sus pies arrastrarán las chinelas hasta la cocina, de ahí a la puerta que da al jardín. Dirá que hace frío; y que ya puede desayunar. Se sentará a la mesa y buscará los lentes. Tomará sus pastillitas preparadas en el último platito que queda del juego de porcelana inglesa, el que más recuerdos le trae y que merecen siempre el mismo comentario. Todo lo que coloco en la mesa ella lo acomoda un poco más. Un poco más derecho, un poco más centrado, un poco más cerca. La azucarera es desplazada hacia un lado con un giro, como si patinara sobre hielo, y vuelve adonde la dejé. A veces pienso que lo hace para sentir que ella también puso la mesa.

Me siento a tomar café mientras la acompaño en su desayuno. Siempre me ofrece sus tostadas. Y siempre le digo que ya desayuné. Todos los días es la misma conversación. Casi, casi con los mismos gestos, los silencios y hasta los mismos sonidos: cucharita, plato cuchillo. El crujido del pan.
La cocina no huele igual cuando la que desayuna es ella. Las tostadas, el limón de su té y hasta la mermelada de frutillas parecen oler a algo que ya es pasado. La miro comer; mastica lento, vuelve a ofrecerme. Le digo que no con la cabeza. Las plantas se helaron. Sigo mirando cómo desayuna. ¿Los malvones también? Los malvones no.  Sus manos blancas, acordonadas y un poco inseguras, acomodan esta vez los platos vacíos, la ayudo a levantarse. Despacio. Escucho el avance de sus chinelas llevándola hasta el sillón. En la ventana está el gato blanco. Ella toca el vidrio con el índice; la falange un poco desviada; el gato la mira. Ella dormita un poco en su sillón, el que tiene almohadones y la manta que le gusta. Mientras termino de levantar la mesa, la escucho: Si hay malvones, todavía hay jardín. Quizás hubiese preferido que se enojara un poco. El próximo invierno voy a ser más cuidadosa, pero ¡cuánto falta para el próximo invierno!


Katy Herendi


#cuentos #literatura #textosbreves

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Mañana quizás , por Katy Herendi


Afuera golpea el viento. Corrés las cortinas para cerrarle el paso a tanta oscuridad mirás lo que te rodea. Pocas cosas: el sillón que te empeñaste en conservar; la alfombra grande. Pensás que sí, que tiene los bordes deshilachados. No, no todos los bordes, dos; los que durante años quedaron más expuestos.Igual, a pesar de las hilachas de los bordes te gusta. Su color verde botella; lo que queda del rojo. Los detalles blancos. Al menos es una alfombra grande y tiene presencia. Hace que los pasos no retumben tanto en la casa casi vacía.
Mookio 
Los caracoles que cuelgan de las ventanas golpetean por el viento furioso. El viento, cerca de la costa del mar no tiene freno. Cuando sopla, sopla.
No te gusta.
Te da miedo este vendaval encabritado. Aunque el fuego del hogar te da todo el calor necesario lo mismo te echás la manta a cuadros sobre los hombros. Y escuchás el viento. El viento y el piano que suena en el equipo. Te asomás a la ventana, tu cara se acerca al frío del vidrio. Se dibuja tu aliento en un círculo perfecto que tu mano borra. Está helado el vidrio; y de todos modos no ves nada afuera, sólo oscuridad.
Qué pensabas, no podés controlar nada aunque mires cada centímetro que el viento corre. Correrá y luego se detendrá cuando deba detenerse. Volvés a cerrar las cortinas. Mirás a tu alrededor. Tenés todo lo que querías tener. Pocas cosas. Sobre todo querías irte lejos dijiste; que ibas a empezar una vida nueva dijiste. Que querías estar sola.
Y te das cuenta de que no sabés cómo. Que tu vida está hecha de pedacitos. Pedacitos de los sucesos que te fueron ocurriendo. Todas las abandonaste. Nada hubo que empezaras y que concluyeras. Ni arquitectura, ni diseño, ni teatro. Ni las empresas que tantas horas de proyecto te llevaron y que estaban descriptas y pensadas hasta en sus mínimos detalles; y que no pasaron de ser eso: proyectos de la nada misma. No fuiste fotógrafa, no fuiste empresaria, no aprendiste nada de lo que te propusiste alguna vez. Qué pensabas, que una mañana cálida te irías a la costa, a vivir a la costa, y que serías feliz caminando descalza entre las pequeñas olas que visitan la playa mientras las gaviotas planearían sobre tus pasos gozosas de tu existencia, y que solo, así, ¿tu destino se abriría espléndido dibujando enormes arco iris a tus tardes de lluvia?
Nunca entró el otoño en tu idea. Menos el invierno. Nunca pensaste que te sentirías sola; tan autosuficiente que eras.
Ahora un viento te desmorona. El viento que lleva y trae objetos te trajo esta soledad hasta tu puerta. Ahora que dejaste de correr te alcanzó tu vida otra vez. Ea, hola, te conozco.

Tomás un té, Apretás la taza con las manos para sentir el calor. Te recostás en el sillón a mirar el fuego y escuchás al hombre que canta con el piano. Un piano, un saxo. La voz de un hombre. Canta en inglés. No tenés idea de lo que dice. Por ahí alguna frase armás. Más o menos. Igual te pone melancólica. No exactamente melancólica sino con un ánimo de fin de fiesta. Algo así; como cuando ya se fueron todos y la música es más suave y te acompaña, las velas agonizan parpadeantes y te sentás en un sillón a tomar un último trago, sin requerimientos. El fin de la fiesta. Un momento agradable que por ahora llegó a su final. Pensás en mañana. Probablemente el viento haya calmado y el día sea radiante. Quizás frío pero limpio, luminoso. Entonces mañana sí: podés levantarte temprano y quizás algo nuevo se te ocurra. 


Katy Herendi 

#cuentos #textosbreves #mujeres #mujeresescritoras 

lunes, 14 de septiembre de 2015

Pereza de los trenes

ilustración: Dery Tatyana 

El óxido de las escalinatas del puente no es por herrumbre, ni por falta de pintura que nunca tuvo; es viejo. Ya era viejo entonces. Y siempre fue de ese color, lo que facilita el recuerdo mientras subo cada peldaño con esa costumbre insufrible de contarlos, siempre, cada vez, hasta que me pregunto para qué diablos cuento todo -cuatro, cinco, seis naranjas; cinco, seis, siete cebollas; dos, tres autos (verdes), trece, catorce quince pájaros, diez, once, doce pasos-, mientras avanzo hasta la mitad del puente, techado con maderas y más hierro, y me detengo obligada por la costumbre, y porque no podría evitar detenerme y luego me acodo sobre la baranda a verificar que las vías siguen perdiéndose allá, en la curva de árboles, y del lado contrario vuelven a perderse también en otra curva de árboles, y constato que primero llega el que yo pienso que va a llegar -rara vez me equivoco- y tontamente me inunda un bienestar inesperado que se disipa rápidamente. Pero para ese entonces ya dejé de ser quien soy y la que se acoda y triunfa es la niña que fui, que todas las tardes de verano cumplía el mismo derrotero hasta la estación. Amaba los trenes; los de madera, con escaleritas trabajadas, de herrería, las ventanillas dobles, una de vidrio la segunda como de persiana de madera. El traqueteo parsimonioso, con cierta pereza de moverse, la iluminación macilenta con un dejo entre amarillo y ocre, cuando se viajaba de noche. Pero más y sobre todo amaba el andén. La niña que fui se quedaba sentada en el andén durante horas, como si le perteneciera; con esa actitud miraba subir y bajar a los pasajeros de los trenes. A veces era con un carácter de benevolencia por permitirles calladamente transitar ese espacio de su propiedad, otras los enfrentaba con la mirada agria repleta de soberbia afectada por tanta impertinencia. Muchas veces abandonaba la estación y subía ella también a alguno de sus trenes. Viajaba hasta la siguiente estación, y ahí se quedaba a esperar como si alguien estuviera por ir a su encuentro. Incluso consultaba el reloj inexistente deslizando un dedo por su puño y enseguida lo ocultaba aferrando su muñeca para que quien sabe Dios quién no descubriera la mentira de su hora inventada.
Esa otra estación carecía de un puente para ella, por el contrario era tan alta que los automóviles pasaban por debajo de las vías atravesando un túnel no muy profundo, que era a su vez un pasadizo para peatones; oscuro y tenebroso al que ella nunca iba. Pero sí abandonaba la estación bajando unas escalinatas angostas, mal diseñadas para un pie adulto, perfecto para los suyos. La escalinata desembocaba en una calle estrecha, tanto que solo podía pasar un automóvil por vez. Esa calle en la esquina hacía una curva muy pronunciada y luego de dos o tres casas otra; así que aunque las casas estaban pegadas unas a otras en una larga seguidilla daba la sensación de que solo había esas dos o tres, porque entre ellas quedaban ocultas; se iban descubriendo a medida que se caminaba la sinuosidad de la calle. Del lado de enfrente, las vías. Antes de las vías el alambrado de protección cubierto de maracuyá. Antes de los maracuyá, árboles de especies variadas, sobre todo pinos y gomeros monstruosos, con sus raíces como colgajos de las ramas altas que crecían sobre sus costados y plantas enormes como orejas de elefante que los vecinos cuidaban, y que se tupían tanto que cada casa parecía poseer su bosque propio con solo cruzar la callecita curva. Y la niña que fui, agradecida por descubrir sitios increíbles, solitarios y al parecer invisibles a los ojos del mundo, jugaba en esos bosques por muchas horas, a veces se adueñaba de algún gato flaco que luego abandonaba con lágrimas y gestos trágicos presumiendo que alguien la estaría mirando desde alguna ventana, y descubriría en ella a una futura actriz dramática de esas que morían maravillosamente en escena; luego se marchaba sin mirar atrás. O bien, regresaba una vez más, corriendo, para abrazar al gato que indefectiblemente abandonaría. Después retornaba a esperar el tren y volvía a su estación como quien regresa al hogar. De inmediato trepaba el puente, verificaba que uno y otro horizonte estuvieran donde estaban, y entonces sí caminaba las cinco cuadras hasta su casa. Cuando su madre volvía también, luego de la larga jornada laboral, la encontraba sentada en la cama, siempre leyendo, y seguramente se sentiría satisfecha de que su niña estuviera a salvo, al abrigo seguro de la casa, mientras ella no estaba.
Siempre que vuelvo a esa estación, la niña que fui toma mi mano de adulta, sostiene su mirada vivaz en la mía melancólica, y mientras sigo acodada en la baranda del puente, empatándome con algún gato abandonado, ella se aleja contoneándose feliz porque no la olvido.

martes, 8 de septiembre de 2015

Playa en negro

maja lindberg 


Desde cuándo no para el  viento. Trajo la oscuridad, arrastró lo negro que se acumula en una noche que está durando días. La humedad sostenida en el aire se adhiere a la piel, lo salobre en los labios. Mira uno las olas como quien mira el espectro de una batalla. El zarandeo alterado y bravío de las olas  sacude el muelle y se escurre entre las rocas, tiembla la madera bajo los pies.
Cuándo logrará  derribarlo todo el agua.

No hay cartas desde el frente. No hay ni las habrá.

Su pañuelo se anuda en mi cuello y el viento lo bate, se ensaña con furia para liberarlo. El pañuelo me envuelve, azota mi cara la seda.
El cielo casi negro, tan bajo; quizás me aplaste. De qué materia están formadas las nubes azabaches; de algo como carbón.
Fuego.
Algo que duele.

Se mecen los barcos sumergidos entre las algas sutiles. Bailotean monedas ahí abajo, resucitan y desmayan en las arenas turbias;  revueltas. Quizás hoy te escuche en el viento. O me deje elevar como un barrilete perdido y lastimero hasta el horizonte y descubra el otro lado; el lado desconocido del horizonte. Y quizás vea la nada y resulte que aquellos sí estuvieron en lo cierto. Tal vez encuentre el vacío, o dos elefantes; y probablemente el dragón. Una boca de fuego y lava que espera que te adentres en las aguas flotando como madera.

La noche te tocará y una gaviota te mostrará otro camino. O encuentre el piano flotando en el agua entre tules violetas y gasas.

O tantas cosas.

Narcisos como camalotes. El reflejo de tu sonrisa en la luna.
(La luz sagrada de tus ojos me redimirá.)