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jueves, 12 de noviembre de 2015

El derrotero del agua


El agua, en el derrotero de su caudal, peregrina el lecho, se escurre entre piedras, traza remolinos en los que juguetea un momento, y renueva su camino de líquido andariego  baladí. Salpica el agua las piedras; moles ociosas e inermes  que aguardan impávidas cada gota, cada-una-de-ellas, que como un rocío voluptuoso  bautiza su dureza, la abrillanta como miel. 

Imagen de internet 
Las aguas corretean, saltan, resbalan,  siguen su recorrido. De vez en cuando el sol, cuando está en lo más alto, extiende uno de sus rayos poderosos, como una mano ligera  e ingrávida, un puente hecho de pura luz y unas cuantas gotas trepan; se  dejan elevar; suben.  Y entonces pueden ver cómo las piedras empequeñecen; suben más allá de las copas de los árboles y suben todavía más. Suben hasta alcanzar los cerros y a la altura en que las aves de montaña vuelan en libertad y aún a ellas las dejan atrás, y suben suben hasta más alto que las montañas, como si nunca jamás el recorrido tuviera fin. Sin embargo, allá, tan arriba como el rayo las eleva otras gotas han formado colonias.  Y esas colonias se han transmutado en níveos y húmedos copos algodonosos que coronan el cielo, como el rocío corona a las rosas en las mañanas de primavera. Las gotas ahora, en su milagroso ascenso, algo más han aprendido de la vida. Ésta transmuta, cambia su modo; transcurre allí abajo y al final cuando ya las cosas de la Tierra parecen haber quedado tan lejos se tiene más conocimiento sobre ella, más incluso que siendo parte. Y cuando llegue el momento de regresar, de generar quizás un río nuevo y trascender, las gotas se tomarán de las manos, se unirán como eslabones diáfanos y se dejarán caer más sabias; caerán mansamente o puede que con fuerza, pero caerán cantando, con el sonido que solo la lluvia sabe hacer. 

viernes, 25 de septiembre de 2015

Dispersiones de un viernes


Amanda Cass 


Ha llovido ayer. Hoy no. Quizás esta noche o mañana la lluvia regrese. Alguien corta el pasto aprovechando este día otoñal gris que sirve de intervalo entre las lluvias. Hay el olor al otoño, a la tierra que permanece siempre húmeda ahora, a las hojas que se perfuman al perder turgencia y despedir esa fragancia un poco mentolada.

Se me ocurre preguntarme cómo siempre la escritura me surge a través de la naturaleza y la geografía que me rodea y me contiene más que de la historia de las personas. Por qué a pesar de quedarme viendo a la mujer que ahora cruza en bicicleta por este relato no voy detrás de su pedaleo acompasado y descubro dónde va. Ni me quedo para revelar cómo será su llegada adonde el pedaleo dejará de ser. Cuando ella llegue y se detenga frente a una tranquera pequeña y blanca; con la pintura manchada de tierra que los años han depositado allí en las hendiduras de la madera;  quizás también un poco descascarada la pintura, caída en gajos, o mejor gastada por eso de andar abriendo y cerrando todos los días. Y cerrado el portoncito, empujado por un pie, cruce la mujer caminando mientras empuja la bicicleta, la guíe hasta un porche, la apoye probablemente junto a la columna de ladrillos y el par de perros viejos la rodeen olisqueando sus zapatos y muevan la cola en señal de bienvenida, y ella llave en mano  abra la cerradura y empuje la puerta que chirriará un poco, y la mujer ponga agua en una pava que colocará al fuego de la cocina, descorrerá las cortinitas de la ventana, vaciará el mate de su yerba vieja y se siente a esperar que el agua se caliente y pondrá yerba nueva y por fin tome unos mates calientes y hogareños, esos que todo el día anduvo deseando, y se dé su fin de jornada sintiendo que es una suerte estar en casa y.


Me atrae más la naturaleza. Los cambios de la geografía que suceden con las variaciones de los climas y los días y las noches y las flores y el olor a lluvia y la primavera, el otoño y el comienzo del verano. Y me pregunto qué escribí hasta acá. Y lo sé: prácticamente nada. Como de costumbre.

lunes, 21 de septiembre de 2015

El bote, por Katy Herendi


Tira de la caña de las botas de lluvia, las altas que le cubren hasta las rodillas, las azules tan incómodas; camina unos pasos para acomodar los pies que ahora le parecen entubados. Hasta eso le da claustrofobia, y sale a la lluvia sin pensárselo más. El agua ya ha subido a la isla tanto que le cubre las pantorrillas; de punta a punta lo cubre todo, no se distingue lo que es río de lo que es isla. Todo es río ahora.


Malva anda con cuidado bajo la lluvia pareja dentro del agua, mueve el pie derecho para aliviar el dolor que la bota le produce en el talón. Al menos no hay viento, se dice. Ni relámpagos ni truenos. La correntada es leve pero arrastra; por el lado del río un tronco enganchado gira sobre sí mismo. Malva no se aleja de la casa ni tiene intenciones de hacerlo luego, solamente ha bajado para asegurarse de que los dos botes debajo de la casa estén firmes, bien agarrados para que el agua no se los lleve. Y los bidones atados, que ya flotan. Demasiadas cosas, se dice, un día tengo que tirar todo. Desde ese costado de la casa se ve la bifurcación del río hacia el lado del Paraná. Hasta el verano anterior ella caminaba hasta esa punta de la isla con Bruñido, para ver bajar el sol, todas las tardes, y esperaban hasta que el agua ardía de rojos y naranjas. El viejo Bruñido. El perro se sentaba a ver como si entendiera el esplendor del ocaso. El otro lado del río, el que se pierde bajo la curva extensa de sauces llorones no se puede ver desde ahí, pero aun así Malva lo ve de memoria. Busca en el bolsillo de su pantalón la linterna se agacha un poco, entra en la oscuridad debajo de la casa y mira las ataduras de los botes. No por nada se me vino la idea, se dice. El más viejo de los botes tiene la soga de proa gastada, casi en hilachas. Saca de su bolsillo la Solingen, desengancha la punta del rollo de soga que tiene de reserva. Por el agua de lo que ella calcula como el medio del río pasa Don Chico, lento bajo la lluvia, y si hubiera sol de todos modos lento, el motor desganado y humeante, impregnando el aire de olor al aceite quemado. Don Chico levanta la mano por la costumbre del saludo, aunque no la vea. Vocifera su nombre una vez, Señora Ma-a-alva, y sigue con su motorcito río arriba. Malva quiere responderle pero que va, si debajo de la casa, tapada por los botes ni vale la pena la intención. Ahora que la única persona posible ya ha pasado la soledad de la isla crece, y el recuerdo de Bruñido también. Malva desenrosca un poco más de soga nueva. Bastante, mejor que sobre y no quedarse corta. Pasa el extremo por la argolla que el bote tiene en la punta y lo ata con el nudo aprendido y firme. Deja un buen tramo de soga nueva y recién entonces corta el rollo. Guarda la navaja en el bolsillo de su camisa. Se apresura por el dolor del cuello inclinado tanto rato. El agua casi al borde de sus botas. El bote liberado golpea contra el piso de la casa, Malva lo empuja hacia fuera preguntándose por qué no hizo eso más temprano. En ese tramo, entre el bote el techo la columna y el agua, hay poco espacio para moverse. Todavía debe desatar el otro extremo sin embargo sus pies se entreveran con algunas de las ataduras de los bidones, y por más que intenta zafarse, en apariencia solo logra enredarse peor. Malva sujeta el bote que en su vaivén se le viene encima. Se ríe como para distraer al miedo; enseguida se va a soltar, bidones de mierda. Una mano abierta frena el movimiento continuo del bote a escasa distancia de su cara. Don Chico-o-o grita en silencio. Las manos de Malva buscan a ciegas dentro del agua, una soga, un bidón, dos, cuatro, pero cuántos bidones de mierda hay. Don Chicooo, Bruñido-o-o. Malva recuerda el madero suelto en el agua que gira y gira y gira y gira. Una mano sigue buscando a ciegas dentro de lo denso del agua marrón. Si quizás pudiera quitarse una bota pero son tan altas, o cortar la soga de los bidones; el agua ahora le llega a la cintura, hace un gesto imposible la bota no se quitará dejó de llover. ¿Dejó de llover? Debajo está oscuro ahora; busca la navaja la abre como puede sosteniendo el empujón del bote con el codo y maldice porque la navaja no es más grande y porque para cortar debe agacharse y quizás el agua le tape la cabeza, mete la mano en el agua sostiene la navaja rogándole a quien sabe qué que no se le suelte, con la yema del dedo cerciora que es el lado del filo el que usará para debatirle a la soga y con un movimiento desesperado y rítmico corta. Corta; corta, corta y por fin algo se suelta y su pierna se libera y de inmediato empuja el bote hasta la claridad de la tarde, se aferra a las escaleras y absorbe las lágrimas porque no es momento. Corta el otro extremo de la soga y camina en el agua empujando el bote hasta las dos estacas a metros de la casa, ata una luego la otra con la sensación de haberse liberado de la muerte por esa vez. 

Con el agua todavía a la cintura camina de regreso hasta las escaleras, las sube aferrándose a la baranda y llega hasta la galería cubierta. Mira el bote que ha quedado bien sujeto mientras se descalza de las botas, del agua que tienen las botas. Pisa con los pies helados el barro que ha traído, se zafa de las medias, las arroja a un costado. Se quita los pantalones y entra en lo seco de la casa donde la tibieza la envuelve. Mira a su alrededor; la casa intacta y seca y segura. El gato duerme en el sillón y no, ya no lloverá.




#KatyHerendi #textosbreves #escritorasargentinas #mujeresqueescriben #fragmentos 

viernes, 4 de septiembre de 2015

10 - Otoñar



Ha llovido toda la noche.
Amanece el cielo cubierto y el día carga una belleza donde lo hermoso del jardín no precisa de la luz cegadora del sol. Donde aún tras lo nublado resalta el aire húmedo y casi visible; lo verde es de un verde oscuro profundo y absoluto y los marrones transforman todo en un lugar de otro tiempo. Un sitio que viene desde lejos, quizás de la infancia. Incluso hay el sonido puro; pájaros, muy de vez cuando.  El olor al agua, no solo a la tierra mojada sino también a maderas, hojas, pasto, los caminos de tierra, las zanjas, las copas de los liquidámbar; y el roble viejo.

Quizás en su último otoño el roble.

Esto es lo que tiene el otoño; entristece uno pero también se embriaga de belleza. Adormece un poco el afuera pero va encendiendo la percepción de las cosas. Queda uno observando largamente el cielo, el pasto, el proceso de una planta colocada allí, tan frágil todavía, por nuestras manos; pero la mente va de viaje por otros recuentos. Tal vez plantando dudas esta vez, o recogiendo algunas pocas certezas.

Y quizás empate uno, por primera vez a conciencia, con el entorno; siente uno que también ha comenzado a otoñar; lo percibe el cuerpo.

Y no se quiere eso.