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jueves, 12 de noviembre de 2015

Todas las noches

Andrzej Tylkowski
Salís al jardín; como siempre tu mirada se trepa hasta el cielo y tu pensamiento dibuja un "uá". No un "wow". No. Eso no porque no te da para ningún otro gesto ni aunque se genere en tu pensamiento. Las estrellas de las ocho y media, con la luna a un costado. Y todo-todo el cielo junto. Siempre estás con la tentación de quedarte afuera e incluso escribir en la oscuridad pero no podrías luego traducir ese garabato escrito a ciegas con tu ánimo extasiado debajo de esa bóveda perfecta. El esplendor de esta noche.
Por eso te pensás un ¡Uá!
Eso nada más. Y es tanta la belleza que te atrapa afuera. 
Y qué podés hacer. 
Quedarte.
Ahí.
Mirando.

El derrotero del agua


El agua, en el derrotero de su caudal, peregrina el lecho, se escurre entre piedras, traza remolinos en los que juguetea un momento, y renueva su camino de líquido andariego  baladí. Salpica el agua las piedras; moles ociosas e inermes  que aguardan impávidas cada gota, cada-una-de-ellas, que como un rocío voluptuoso  bautiza su dureza, la abrillanta como miel. 

Imagen de internet 
Las aguas corretean, saltan, resbalan,  siguen su recorrido. De vez en cuando el sol, cuando está en lo más alto, extiende uno de sus rayos poderosos, como una mano ligera  e ingrávida, un puente hecho de pura luz y unas cuantas gotas trepan; se  dejan elevar; suben.  Y entonces pueden ver cómo las piedras empequeñecen; suben más allá de las copas de los árboles y suben todavía más. Suben hasta alcanzar los cerros y a la altura en que las aves de montaña vuelan en libertad y aún a ellas las dejan atrás, y suben suben hasta más alto que las montañas, como si nunca jamás el recorrido tuviera fin. Sin embargo, allá, tan arriba como el rayo las eleva otras gotas han formado colonias.  Y esas colonias se han transmutado en níveos y húmedos copos algodonosos que coronan el cielo, como el rocío corona a las rosas en las mañanas de primavera. Las gotas ahora, en su milagroso ascenso, algo más han aprendido de la vida. Ésta transmuta, cambia su modo; transcurre allí abajo y al final cuando ya las cosas de la Tierra parecen haber quedado tan lejos se tiene más conocimiento sobre ella, más incluso que siendo parte. Y cuando llegue el momento de regresar, de generar quizás un río nuevo y trascender, las gotas se tomarán de las manos, se unirán como eslabones diáfanos y se dejarán caer más sabias; caerán mansamente o puede que con fuerza, pero caerán cantando, con el sonido que solo la lluvia sabe hacer. 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Ninguna duda


Catrin Welz Stein


Sobre las cinco de la tarde todavía restaban un par de horas de sol en el jardín. Se sentó en el piso  junto a una pared; encendió un cigarrillo. Con la brisa el humo se volatizaba de inmediato. Tomó el cuaderno y escribió: Mi vida es una desgracia. Después se quedó viendo las abejas sobre la hilera de lavandas. El cielo celeste insolente de pulcritud. Los árboles con sus verdes escalonados como una paleta de colores, el oleaje naranja de los bulbines prosperados.

Leyó eso que había escrito.


La ligustrina se le antojó algo tierno mullido como estaba. Una cosa fresca para morder o recostarse, si fuera posible sobre algo vertical. El viento lánguido arrastraba algún sonido perdido de autos en la ruta, algo como el sonido que se recuerda del mar, un oleaje intenso y difuso. Y los gatos pasaban de dormitar a la sombra a dormitar al sol, indecisos en la calidez de primavera de esa tarde. Pero según lo escrito su vida era una desgracia. Y así se lo recordaba, insistiendo en repetirlo hasta el cansancio. Hasta que no le quedara ni una sola duda de que  eso era verdad.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

2 – De alguna manera más de lo mismo

Aka Louise
Quiero que la casa esté en silencio ahora como está a oscuras, o casi. El jardín no todavía; queda algún resabio de sol, como una dádiva. Todo el día lo pasé saliendo al jardín, pero afuera me quedaba ahí, parada junto a la puerta sin saber qué hacer. No sé sentarme a mirar sin pensar lo que resta. Sentarme feliz a pensar en algo más feliz. El quehacer de todos los días. El qué hacer. Lo ruidoso en tu cabeza, dale que dale, lo obligatorio que no  pide un ápice de creatividad; solo que uno accione. Como una máquina, un elemento utilitario a quien nadie le pregunta después cómo estuvo el día.

Es la hora de los aviones; un revuelo que gira en el cielo gastando tiempo y que esquiva estrellas, otros aviones, hasta que alguien avisa que es viable  tocar  tierra.

Y después qué.


Nada. El cielo queda quieto. No  queda un solo  rastro que indique algo sobre  las personas que anduvieron por allí arriba girando suspendidas al unísono sin más que un asiento y kilómetros de aire y neblina debajo de sus humanidades; no queda nada: como no quedan rastros en el agua cuando se hunde algo; una piedra, el barco más grande del mundo. Pocos indicios quedan  del paso, del haber estado,  de las personas por los lugares. No hablo de las obras grandes sino de esos  seres minúsculos que no tienen obra pero que poseen  el alma; y  la capacidad de encontrar lo prodigioso en tocar con la yema de los dedos la corteza del árbol herido. Y con eso  se quedan durante días, conservando eso áspero, dulcemente rugoso, posado  en la piel.  De eso tampoco se sabe nada, nunca se habla de la caricia a un árbol.