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jueves, 12 de noviembre de 2015

Huele a lluvias

desconozco autor imagen 

Huele a lluvias el jardín.
Sobre el montículo  de hojas, el gato.  El cuerpo ahuecado, la mirada atenta.
Las gotas tiemblan prendidas en las hojuelas de lavanda. Perlas temerosas y quebrantables.  
El gato percibe. El sonido. Un retintín. Quizás el temblor.
El tenue estremecimiento.
Algunas caen. Se aplastan. Gemas abatidas.
El gato lo advierte.
La oruga lo advierte.
Es un tintineo la caída de las gotas pequeñas.
Agitación de cristales.

Un susurro de agüitas. 

sábado, 24 de octubre de 2015

No. Que no

Karla Gerard 
Hablale al gato. Miralo a los ojos y decile que no te gusta que llore todo el día sin necesidad. Dale de comer por la mañana, al mediodía, a la tarde y a la noche. Explicale que ya no va a estar en brazos porque es lo mismo; cuando lo dejes en el suelo quizás llore todavía más. Que le quede claro que no querías más gatos; dos era un buen número. Decile que tenés cosas que hacer. Que te molesta caminar mirando el suelo para no tropezarte con él cuando colgás la ropa, barrés o lavás el piso.
Y que la escoba es para barrer, no para que él la ataque con cada movimiento.

Decile que tenés una vida. Que te encanta el perro del vecino; mucho. Que estás harta de verlo en cada una de las ventanas como si fuese diez gatos; o Dios que está en todas partes. Que tu café, el que tomás sentada en el suelo porque te da la gana no es para que él lo olisquee y meta sus bigotes dentro.

Contale cosas terribles que sabés sobre el destino de otros gatos; incluso menos molestos que él. Que dé las gracias cada día por tenerte (y que ya deje de maullar).
Que si de noche  te levantás a tomar agua no es para que él maúlle afuera como si su vida corriera peligro. Y, que cuando abrís la puerta del patio no es motivo para que él vuelva a maullar como una sonaja sin fin. Cualquier día, a cualquier hora.
Que te está volviendo loca.
Huraña.
Insensible y mala.

El fin de semana andate. Metete en un cine para ver una película que te guste mucho; esa que esperaste que  se estrenara desde hace meses. No la disfrutes; pensá si el gato tiene su alimento, si no estará llorando por tu ausencia. Abandoná la sala –permiso, perdón, dejé el gas encendido, disculpe, gracias-, y volvete. Volvé  a toda prisa a tu casa con la sensación de haberlo arruinado todo.

 Al llegar, el gato estará durmiendo, plácidamente. Luego, al verte, comenzará a llorar otra vez.
Ponete a pensar en cómo era antes el silencio de tu jardín. Extrañalo. Y ahora preocupate. Estás hablándole a él que solo es un gato.