lunes, 10 de abril de 2017

Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aún el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento. Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.

Clarice Lispector, Silencio
*
Vladimir Dunjic, arte.
"Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas la luces, ya sean del exterior o de la lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”. Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. La escritura nunca me ha abandonado."

*"Escribir" - Marguerite Durás (1993)
"Cuántos pequeños detalles forman a una persona..." 

La mujer justa, Sándor Márai, novela. 
(fragmento) 

Arte, M. Chagall
A veces te contemplo en una rama...

A veces te contemplo en una rama,
en una forma, a veces horrorosa,
en la noche, en el barro, en cualquier cosa,
mi corazón entero arde en tu llama.

Y sé que el cielo entre tus labios me ama,
que el aire forma tu perfil de diosa
de oro y de piedra, sola y orgullosa,
que nadie existirá si no te llama.

Entre tus manos quedaré indefensa,
no viviré si no es para buscarte
y cruzaré el dolor para adorarte,

pues siempre me darás tu recompensa,
que es mucho más de lo que te he pedido
y casi todo lo que habré querido.

Silvina Ocampo

jueves, 16 de febrero de 2017

En breve cárcel, de Sylvia Molloy (fragmento)


Escribe ahora en la oscuridad. Al hablar de su madre y de su hermana -no al hablar de Vera, no al hablar de Renata- la visión se nubla. Las evoca a las dos, las dos tan lejanas, e inmediatamente se pega (no se le ocurre otra palabra) a los recuerdos que tiene de cada una. No hay deseo, de ningún modo: sí una necesidad de adherirse, de perderse en ellas. Sueños: le da de comer a su madre, le da de comer a su hermana, de pronto se pregunta: ¿por qué es ella quien ha elegido darles de comer, por qué las protege, por qué elige comer ella la mano reseca de su padre para que no la vea su madre? Sueños, una vez más, con su madre, con Clara. Hay un restaurante, en un sueño, que está en Paris. Precisamente en la calle del rey de Sicilia, y al que lleva a las dos, pero una vez que llegan el restaurante ha desaparecido: las tres están hambrientas y ella no ha encontrado el lugar donde se come tan bien. Otro sueño, también con las dos: les promete un paseo, casi un paseo subterráneo, desconocido de todos, entre dos puntos muy distantes de la ciudad. Cuando llega a la entrada, disimulada entre dos edificios viejos, no consigue abrir la puerta. Como guía -evidentemente- no es demasiado eficaz. Hay algo, hay algo se dice en estos sueños (porque hay muchos más); en estos sueños que sin cesar la hacen visitar ciudades -Amberes, París, Roma, Buenos Aires- donde con su madre, donde con su hermana, recorre espacios sin saber adónde va. En todas hay un punto secreto y ella no lo encuentra. 

De En breve cárcel, de Silvia Molloy (1981) 

Cuadro, Leszek Sokol

Hoy querría estar sola en el mar: cómoda en el agua, dejándose ir, sin que nadie la llame desde la costa, sin salvatajes espectaculares. Simplemente con el agua, con el mar violento que añora porque lo necesita cada vez más. En esas vacaciones desaparecían los horarios o se modificaban tan radicalmente que el ritmo que marcaban era casi suyo. No se almorzaba a la una sino a las tres; no se comía a las nueve sino a las once. El pueblo al borde del mar era entonces casi un pueblo de campo, con algunas calles asfaltadas, con muchas diagonales que partían de una plaza central invariablemente seca, decoradas con palmeras y un general de bronce: era un puñado de manzanas que de pronto se disolvía en quintas y potreros. (...) No es del todo verdad que necesite de recintos estancos como el cuarto en que vive, como el cuarto de baño en el que de chica se fabricaba una existencia, para imaginar: suelta en el mar, urdía fantasías igualmente satisfactorias. Habría querido, aunque fuera una única vez, volver al mar por la tarde, sola, quedarse en el agua hasta sentirse entumecida y totalmente entregada a las olas. Entonces se habría dejado llevar sin miedo, a una hora en que ya no había bañeros ni figuras maternales que se agitaban en la playa, y se habría dormido lejos, muy lejos de la costa, sintiéndose segura.

De En breve cárcel, Silvia Molloy.

Cuadro, Catrin Welz Stein
El show todavía no había empezado, les dijo el portero. Se ubicaron en una mesita, en la penumbra, y pidieron las bebidas. No había mucha gente, porque era una noche de semana, pero todos los presentes, salvo ellos, eran del ambiente. Los hombres tenían peluquines de colores inverosímiles, las mujeres eran viejas, demasiado pintadas y enjoyadas, y la mayoría de ellas con pelucas excesivas. Junto a cada mesa había una silla cargada con tapados de piel. Se bebía pesadamente, y eso que la noche recién empezaba. En la barra había por lo menos veinte borrachos.
-¿Y si les cortan la luz? -dijo Kitty.
-Ni lo notarían. Pero no la van a cortar. Los dueños de estos locales siempre conocen a algún empleado de la compañía de electricidad y averiguan con anticipación qué va a pasar.
-Aquella vieja está borracha.
-¿Cuál, la de pelo azul? No creas. Ha estado borracha durante diez mil noches, así que ha adoptado el gesto. Pero me parece que todavía está sobria.
-¡Cómo hablan todos!
-Es notable, en efecto. Siempre están hablando. Pasada cierta edad tienen una técnica tal que nunca les falta tema. (...)
-Todo esto es extraordinario -decía Reynaldo-. Uno piensa que es posible sobrevivir, después de todo.
-Pero nosotros no vamos a ser extraños.
-Es cierto. No podríamos. A nuestra edad ellos ya habían dado la vuelta a la Vía Láctea. Nacieron adultos. Antes todo era distinto. Son de la época anterior a la juventud, esa pérdida de tiempo.

De La luz argentina, de César Aira (1983)

Cuadro, Vladimir Hudobko