Acá vas a encontrar fragmentos de textos que merecen ser subrayados, ilustraciones e imágenes que me gustan y que quiero compartir; y de vez en cuando algo de música. Bienvenidos!
jueves, 16 de febrero de 2017
De todos modos, compró la cajita junto con los dijes, aunque más no fuera para que no la comprara Hua, cuya vulgaridad lo deprimía. Había notado que miraba con interés al desconocido sodomita. El descubrimiento de esa clase de interés siempre está latente. Con el pretexto de que el humo de los cigarrillos podía hacerle mal a Hin mandó salir a la señora Whu, que la tenía en brazos y que había entrado de la cocina, interesada en el mercado de pulgas improvisado sobre la mesa. Le dijo que le preparara el baño, aunque era temprano; acostumbraban bañarla exactamente cuando se ponía el sol. Creyó captar una mirada de la pequeña, y sintió que irradiaba una pureza totalmente heterogénea a toda idea de perversión. No importaba que ella misma fuera una prueba tangible de perversión, más bien por el contrario: el hecho de que fuera real y tangible, y no un artefacto de miradas ambiguas e intenciones a medio camino de lo imaginario, la ponía decididamente en otro plano. La supuesta, imaginaria pederastia de Hua, nunca tendría un cetro en la vida. La mirada absolutamente límpida de la niña entretenía a Lu a veces: cuando había empezado a buscarle los ojos (y eso había sucedido muy temprano, al mes de vida, poco después de que la trajera a la casa), todo saber se había simplificado hasta tomar una consistencia sólida y opaca. Sus amistades habían empezado a volverse seres vagos, desdibujados. Como si la mirada de la niña creara por contraste con su claridad excesiva una bruma alrededor.
De Una novela china, de César Aira (1987)
imagen: web
Lo primero que hizo al llegar a la oficina, fue buscar con los ojos a Juliana. Ella, menuda y casi insignificante en su tailleur gris, estaba sentada en el escritorio del rincón, escribiendo a máquina. Como de costumbre. ¿Cómo de costumbre? No, tenía que pasar algo distinto, tenía que suceder cualquier cosa fuera de lo rutinario, de lo cotidiano… Tenía que atreverse, de una buena vez, a hablar con Juliana. Se le acercó mucho, simulando que buscaba unos expedientes para no provocar la ira de Bermúdez, el petiso Bermúdez, que desde que era Jefe de Personal se creía quién sabe qué cosa. Cuando rozaba con su mejilla el pelo lacio de Juliana, murmuró apenas: -“Anoche soñé con vos”-. Y tuvo que apartarse de golpe, casi como si le hubieran contestado con una bofetada, cuando captó el sentido de la respuesta femenina: -“Yo también”-. –“¿Vos también? ¡Jurámelo!” Ella alzó los ojos casi amarillos, los ojos felinos. Y ronroneó: -“Te lo juro, Carlitos”-.
Aquello era mucho más de lo que nunca esperara. Tartamudeó tratando de decir algo más. Al cabo le salieron tres palabras: -“¿Y esta noche?” Juliana dejó de teclear por un instante. Parecía que estaba a punto de maullar y de restregarse contra él.
Una tos seca de Bermúdez la contuvo. Pero dijo: -“Bueno, Carlitos, soñemos también esta noche”-.
No se volvieron a hablar durante toda la mañana, pero él se la pasó silbando de puro contento.
Fue un sueño simple, casi ingenuo. Juliana estaba sentada en la cama, con las piernas delgaditas y morenas cruzadas como las de un fakir. Tenía un camisón amarillo con muchas cintas en el escote. Y el cabello suelto. Infantil, preciosa. Nena mía. Él le tendía las manos, ella las tomaba entre las suyas, apretando suavemente, y se las llevaba a la boca empezando a mordisquearle las uñas. Una deliciosa cosquilla en las yemas de los dedos y después la profunda negrura del olvido. Al otro día se levantó radiante. Hizo como treinta flexiones y al enfrentarse con el espejo, mientras se afeitaba, se encontró rejuvenecido. Se peinó con cuidado y recién cuando se anudaba la corbata notó que tenía las uñas comidas. Recordó el sueño. Cuando llegó a la oficina le mostró las manos a Juliana. Juliana sonrió.
–“Sos un amor”-, dijo.
De, Fabulario, "Tan linda en camisón, Juliana".
De Eduardo Gudiño Kieffer (1969)
(Imagen: web)
jueves, 9 de febrero de 2017
De chica, le había gustado rezar y siempre había improvisado. Había cerrado los ojos con fuerza, como si se los hubieran cosido y en el medio de todos los colores, estaba segura de que veía a Dios nadando hacia ella con mensajes y consejos, una gran galletita de la suerte con barba y una bata, que aleteaba, aleteaba en el agua. Ahora el cántico la mareaba. Abrió los ojos. La iglesia era silenciosa y moderna, iluminada como una biblioteca y llena de mujeres de rodillas, como si nunca fueran a levantarse de nuevo. Lorrie Moore, Dos chicos (fragmento/cuento).
Como la vida - editorial Emecé
Ilustrador, Victor Nizotsev
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En facebook A la orilla del silencio
Y de pronto, a Mary se le ocurrió que iba a tener que elegir, que incluso si una no sabía a quién amar en el mundo, era importante elegir. Una elegía amar como una creencia, una fe, un lugar, una caja para que el corazón de una se golpeara contra ella como un espectro en una casa.
Lorrie Moore, Dos chicos (cuento/fragmento).
Como la vida, edit. Emecé
Como la vida, edit. Emecé
Ilustración, Despoena Leonis
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